Las voces se habían ido extinguiendo y el silencio se fue acoplando a la oscuridad neta de la habitación —una cama, dos armarios, una mesilla de noche, dos macutos junto a una silla—. Unos pasos se perdieron a lo largo del corredor. Después quedé profundamente dormido, como abrazado al cansancio, relegado a la suerte de mi propia inconsciencia. Me despertaron los vagidos de una mujer, el estremecimiento de la carne temblaba en el silencio de la noche. Era hermoso.
Llueve, el cielo se puso de un bello color cobrizo. Nos pertrechamos para pasar la tarde hasta la hora del concierto —madrigales de Monteverdi—.
Inclinado sobre la vida como Saturno sobre sus hijos,
recorres con fija mirada amorosa
los surcos calcinados que dejan el semen, la sangre y la lava.
Los cuerpos, frente a frente como astros feroces,
están hechos de la misma sustancia de los soles.
Lo que llamamos amor o muerte, libertad o destino,
¿no se llama catástrofe, no se llama hecatombe?
Leo a Octavio Paz con la disposición de quien busca luz en la espesura. A veces me quedo parado frente a unos versos, no acierto a saber por qué, pero ahí estoy, intentando averiguar por qué las palabras se apoderan de mí. Saturno, surcos, sangre, lava, cuerpos. Y junto a ellas ese te quiero, mi amor, salido de las entrañas de esta madrugada anterior en mitad del silencio y la oscuridad. Y el Cristo efebo y estilizado de Rodríguez Lozano en el Museo de Bellas Artes. Y una mujer al otro lado del océano sugiriéndome unos pocos versos.
Me gusta tocar
me gustan los cuerpos,
y lo que hacen los cuerpos
y saber que ellos y ellas quieren no otra cosa
que cuerpos, que besos.
Desde la ventanilla del avión no es difícil acercarse a la fragilidad del ser humano; frágiles y limitados. Nos queda la armonía de lo que nos toca vivir. Ojear las gamas de los colores, estar atentos a los ritmos, probar la hermandad de las tonalidades, buscar la emoción entre los acontecimientos que nos trae la vida.
Las diez de la noche. Inicio de un viaje que por la mañana pronto fue distanciamiento respecto a lo que me rodeaba, un poco de tristeza, algo de nervios, que, según transcurría el día pasó por los rudimentos de una reflexión general sobre el rumbo último de la vida, la apertura a otras realidades como consecuencia del nuevo paisaje que se abría, la lectura emotiva de Octavio Paz, la alternancia de las comidas, Los años de Laura Díaz, de Carlos Fuentes, el sueño inevitable de once horas de vuelo.
El camino de la perfección. Estaba sentado haciendo yoga frente a la ventana y me asaltó este pensamiento: el camino de la perfección personal (un modo de decir, claro). Somos imperfectos, en nuestro barco se abren vías de agua, y así andamos. Recuerdo que una idea similar me vino con fuerza en Teherán unos años atrás. Es como si algo dentro de uno llamara periódicamente a practicar un tipo de verdad conveniente al organismo. Ser mejores, estar en sintonía con lo que te rodea, no engañarte, ser verdad en ti mismo.
Ser verdad en ti mismo. Una idea interesante.
El camino de la perfección, no ese en que tanto empeño ponían los curas cuando nos empujaban a leer el Kempis, no.Cuando pienso en esas palabras parece mejor que me acercara a un concepto que lindara con la idea de agradarse a uno mismo; perfección es un concepto ético de dudosa filiación, como una parte importante de todo lo ético; habría que andar sobre él de puntillas. Agradarse a uno mismo sí me parece ya algo sólido sobre lo que levantar otros ladrillos.
Museo de Arte Moderno.
Pasear frente a los cuadros puede ser como pasear por el país y por la intimidad de sus habitantes.
La castidad rasgada. Conceptos, organización de la naturaleza, referencias después enfatizadas. La cueva del Minotauro, el bosque encantado. La moral organizada a partir de la naturaleza, a partir de un principio indiferenciado.
Anhelo y penitencia. ¿Cuáles son las tripas del anhelo? El anhelo, que se asoma a las almas que habita, según su fortaleza, las circunstancias que vivió y creó el individuo. El anhelo se yergue y se hace fértil cuando la esperanza está viva y ondea fértil en el horizonte.
Hombre reclinado, Javier Merino. El orgullo del pene, la conciencia de la virilidad, la conformación del cuerpo: estar vestido del cuerpo. Ser pene, ser árbol, cuerpo, barro, desgarro, mirada inquisitiva.
No te podré mirar a los ojos porque tendré tu cuerpo delante, las puertas, el misterio, el anhelo infinito de tocarte.
Visita inesperada. Remedios Varo, que explicaba momentos antes de su muerte el mecanismo del infarto que sufrió. “¿Habrá conquistado la gran sabiduría de ver la muerte sin miedo?”
Angel Zárraga. San Sebastián, La dádiva. La dádiva. Los viejos, la decrepitud frente al misterio de la vida, la insinuación de lo profundo, del ser. Ese pene que buscaba hoy, recostado, tranquilo, transmutable enpasión y gemido.
Agustín Ocampo. Desesperación. Escultura de mujer postrada sobre la tierra de rodillas. Contraponer esta figura a la de del hombre de barro.
Insistentemente: la figura femenina desnuda, la fuerza que nos lleva a ella como expresión del comienzo de un misterio. La desnudez, la emoción de lo bello. ¿Qué hay en esa desnudez que llega a nosotros como canto de sirena, inefable, indecible?
Excursión a Teotihuacan. Nos sorprendió la tormenta descendiendo de la Pirámide del Sol. Las paredes de la pirámide se convirtieron en una cascada que encauzaba el agua por los corredores convirtiéndolos en río. La parafernalia de los truenos hacía retumbar la entera Ciudadela. El conjunto monumental, que aparecía anodino momentos antes desde la cumbre bañado por una luz plana impersonal, se llenó de resonancias de luces y de cosa extraordinaria. Protegidos bajo dos paraguas contemplamos cómo la tromba de agua se derramaba como un ancho arroyo sobre la explanada central. Con mucho trabajo logramos sacar la máquina; indios y vendedores desprevenidos aguantaban el temporal junto a los sus cestos de souvenirs; la mayoría de los turistas corrían estoicamente bajo la lluvia torrencial, desprovistos de la necesidad de guarecerse de la lluvia porque ellos mismos eran ya un puro charco. Los colores, el enorme lago formado, los sombreros de paja iluminados de lluvia se convirtieron por arte de birlibirloque en materia fotografiable: sombreros, rostros, charcos, el amarillo real de los plásticos que protegían las imágenes de obsidiana... Las lluvias de la tarde a veces traen estos milagros.
Ciudad de Méjico
Una novela bien escrita eleva las razones de la vida y de los hechos a una categoría “superior”, tinta los actos de una nobleza (en su sentido de razón más consistente, más profunda. Nobleza en su acepción estética, no ética) y de un sentido que para sí quisiera la vida cotidiana. Todo allí parece atado y bien atado, todo tiene significado relevante, sea para bien o para mal. Cuando uno observa el decurso de la propia historia, fragmentos de ella quiero decir, quisiera elevarlos a estas instancias también, imagina que efectivamente la historia diaria debe tener una explicación, una concatenación, una profundidad que raramente el individuo llega siquiera a sopesar. O el novelista extrapola —que no creo— y nosotros podemos imaginar que nuestras vidas son menos interesantes, mucho más prosaicas; o, por el contrario, lo que sucede en que nosotros no sabemos (yo no sé) hincarle el diente a nuestra propia historia y trivializamos en torno a ella, farfullando pensamientos chicos y análisis que con frecuencia percibo cercanos a lo trivial.
Respecto a lo que me interesa, las razones de mis personajes (y en este caso no se trata de personajes de novela sino tú, yo, mis hijos, la gente que conozco) son primordiales, pero cuando me acerco a ellas, intentándole ver por dentro desde cerca me parece que carecieran de la gracia pasional, emocional que debería vestir una narración; intuyo que parte importante del contenido de sus almas se me pierde por el camino.
Estoy en una especie de patio en un cuarto piso con una bóveda cubierta por placas de metacrilato. Hace rato volvió a desplomarse el cielo sobre la ciudad y el techo parecía que se hundía. Quince o veinte minutos capaces de cargarse el inmueble como se descuiden. En poco tiempo esto se llenó de chorritos de agua que salían no de las placas transparentes del metacrilato sino del mismísimo techo. El ruido era tal de no poder oír otra cosa que no fuera la tromba de agua sobre la cabeza. En este escenario leía. Me he habituado a este espacio apenas visitado y a él me vengo a escribir mientras hay luz. Se oyen las voces de los clientes del hotel pero no me molestan. Yo, tan pejigueras para los ruidos nocturnos, llego a dormir toda la noche muy dentro del ruido que sube como por una chimenea hasta los ventanales de nuestro balcón.
Taxco
Un tropel de pajarillos se nos cuela por la ventana. Dos camas, tres vigas de color azul cielo, paredes enjalbegadas, una silla de enea y una mesilla, es todo. Miro las vigas mientras Victoria, desde la otra cama, me lee el cuento que me envió Marisa,; su voz se confunde con la de los pájaros.
El otro día, en un museo, en una sala de carácter didáctico semostraba una pintura de Diego Rivera y, después, para enseñar distintos aspectos, composición, color, puntos de atención, etc., había un dispositivo que deslizaba sobre el cuadro un lienzo transparente en donde se resaltaban algunos aspectos relevantes de la pintura que un neófito no podía ver. Era como ir descubriendo el alma, las distintas almas del cuadro, mostrando en transparencia sus características más notables. Al final se obtenía una visión de conjunto que nos acercaba a una mayor comprensión del mismo. Algo así debe suceder con la percepción que tenemos de los otros.
“Y sin misterio nuestro amor carecería de interés” Los años con Laura Díaz, Carlos Fuentes.
Un misterio los otros; misterio al que no conviene visitar en su profundidad. Conocer excesivamente al otro debilita la tensión de atracción que el otro nos suscita.
O quizás vivir el engaño de ese supuesto misterio, porque en rodearlo y en indagarlo está esa parte del otro que nos cautivará; y porque incluso no habiendo misterio no por ello dejará de existir el juego lúdico e inteligente de ejercitar nuestras facultades y de crear el esplendor de una concatenación de tensiones que sólo tendrán su existencia si creemos en él. Lo que suceda entre el movimiento del primer peón y la complejidad de la partida avanzada será patrimonio único del jugador. El misterio desvelado, la defenestración del rey, sólo tiene el interés anecdótico de la suerte echada.
Pero nosotros, hombres prácticos, queremos hechos tangibles, misterios desvelados... ¡pobres!
Y sin embargo el amor se nutre de una importante dosis de misterio. Lo testimonia Carlos Fuentes mientras nuestro autobús se dirige hacia el sur con destino a Puebla.
Es un buen tema ¿no te parece?, le escribía yo en aquellos días a mi ex-novia, cuando tú preguntas ¿qué es lo que hace que uno nos fijemos en otro?, dejas siempre al interlocutor en un aprieto. Algo así como si en el hecho de querer nombrar las cosas, sus razones de ser, ellas mismas perdieran algo de misterio, ese gusto que tienen las personas, su historia por vivir en la ambigüedad, en lo no definido. No, no parece que sea bueno, ni posible, enamorarse de alguien sobre la base de un conocimiento pleno. El misterio, nuestros yoes desplegados lentamente sobre el tapiz del tiempo, nuestros yoes que somos hoy y los que seremos mañana, pasado mañana, deberían ir alimentando la curiosidad del otro a pequeños sorbos, bebidos como el buen vino, sin permitir que la botella se acabe nunca. Eso que asegura Laura Díaz en el comienzo de la entrada de hoy: “sin misterio nuestro amor carecería de interés”.
Cinco horas y media de autobús, el gusto de viajar: dormir, leer, pensar, mirar el paisaje.
Y leo: “Era imposible atribuirle misterio alguno a este “lagartijo” pasado de moda, modificado y banal...”
Y más adelante, cuando Laura impone una severa distancia entre ellos, ella dice: “—¿No entiendes? No quise que nuestra relación se enfriase en la costumbre... no quise que la poesía se convirtiese en prosa”
Puebla tiene un cierto aire a Florencia, sobre todo en esta tarde de nubes a la aguada que rondan el cielo jugando con las cúpulas neoclásicas de dos iglesias que sobresalen por encima de las azoteas.
Victoria habla del Comandante Marcos, de Chiapas, de literatura, una entrevista que deriva hoy hacia el Juan de Mairena, de Machado. Guardo algunos recuerdos de las lecciones de Mairena. Estoy deseando leer su librito, nos lo intercambiaremos, yo le daré a cambio a Carlos Fuentes. Nos acercamos a Chiapas y puede ser una buena lectura para entrar en situación. El camino enseña, el viajar abre los poros de la piel para que penetre el aire del mundo y dejemos de ser unos peludos chovinistas.
Es una bella ciudad ésta. Hemos encontrado un trajín cultural inesperado. Esta mañana una sesión de bailes regionales y otra de un cantautor local. El lunes nos vamos a Cholula, una excursión de un día. Una enorme pirámide que sigue en altura a la de Keops. Una visita obligada.
Paseo por Cholula y labor de fotógrafo, fondos de vieja mampostería que me recordaron las encantadoras callejuelas de Benarés. Una verja de hierro, una escalera, pero... le faltaba algo al escenario; me di una vuelta, localicé a un niño moreno que venía ni al pelo, dudé, pero al final me decidí, les pedí el favor a los padres y ahora sí, ahora el cuadro quedaba completo, el niño se columpiaba en los barrotes de hierro frente a una gama tonal de las ciudades de la India. Son exquisitamente amables estos mejicanos.
Tengo una amiga que es reacia a esto de los blogs, valga decir a compartir con quien se sienta dispuesto ese trozo entrañable de vida que a veces nuestro ánimo nos empujaa poner en palabras.
Por aquellos días de viaje, camino a Oaxaca, recibí una larga carta suya que hoy me animo a en reproducir en parte. El otro día decía aquí mismo que una novela bien escrita eleva las razones de la vida y de los hechos a una categoría “superior”; en realidad lo que que estaba en mi ánimo cuando escribí aquello, era la idea de que la escritura, recogiendo fragmentos de vida y recreándolos, lo que hace es profundizar y tratar de encontrarle al hecho vital una densidad que muchas veces se pierde en el apresuramiento de nuestra vida cotidiana. La escritura rescata y pone ante nuestros ojos preciados instantes que de lo contrario se perderían en la sucesión continuada de los acontecimientos diarios. Así me sucedió hoy a mí, que queriendo reproducir someramente las impresiones de un largo viaje por América y repasando aquí y allá mis apuntes, me encontré con las líneas ya casi desvanecidas de su carta de entonces. Aquello también era parte importante de mi viaje. Yo hubiera preferido encontrarme con mucha de su escritura en algún blog, que con seguridad sería un recreo para los aficionados a la lectura, pero dado que eso no es posible, me permito incluir aquí alguna de sus anotaciones, que por otra parte dan continuidad a mis propias reflexiones:
“El Capitán Trueno duerme en mi regazo con un total abandono. De vez en cuando estira las manitas y deja al descubierto cinco garritas blancas, lo único blanco que tiene en todo su cuerpo, si exceptuamos la barriguilla casi lampiña. Domingo por la tarde. Todos duermen en casa. Releo tus últimas cartas y reflexiono sobre ese tema que suscitaste el otro día, la soledad, esa soledad que todos tenemos como compañera ineludible y que vamos intentando mitigar aferrándonos a los otros. Desde que os fuisteis, yo convivo con ella, ha sido como un reencuentro. Me gusta esta soledad mía que me hace fuerte, que me está ayudando a descubrirme. La soledad es un bien que hay que saber apreciar, porque lo normal es que oigas hablar de ella en sentido negativo y con temor; tal vez tenga algo que ver con eso que hemos hablado alguna vez sobre lo mal que se prepara a los niños para la vida, por lo que formamos seres incompletos como nosotros mismos.
El Capitán Trueno es un gato prematuro, un luchador en toda regla superviviente de una camada que nació muerta. No se dice que no a lo que te dan con tan buena intención y mi hijo era todo ternura con un cuerpecillo que cabía en la palma de su mano, mientras me decía que me lo regalaba para que sustituyera al Fusi. El Capitán Trueno se mete en el cuenco de la comida, extiende sus patitas, afila las uñas y tiene a raya hasta al Chiquitín, que le mira como dudando si semejante gruñido de amenaza sale de ese ser tan diminuto que hay que encerrarlo para que no muera de un pisotón. El Capitán Trueno es un juguetón incansable y se dispara detrás de cualquier cosa que se mueva. Encuentra un hueso de cereza y se pierde por el pasillo con su balón, que protege de los demás con su descomunal gruñido, por lo que deduzco que el Capi, que es como se le llama por aquí, se lleva muy bien con su soledad y se lo pasa superior siendo su propio amigo. También me da que pensar, viendo sus juegos y los regates del Chiquitín para quitarle el hueso de cereza, si no serán los gatos los inventores del fútbol :).”
Oaxaca
(Sobre una escultura de Javier Marino)
Hueco, vaciado de sí mismo
misterio de carne
tumbado perezoso en la penumbra,
cuerpo de tierra.
Lo vi allá, dormido, recostado entre las piernas desnudas
de ese hombre de barro,
lo vi y la mirada se me llenó de ternura,
ajeno, dócil, suave,
niño grande
vistiendo el cuerpo,
descansada indolente virilidad
dios menor,
pelambrera, musgo moreno entre los muslos,
árbol, pene, cuerpo, barro.
Esplendor de un cuerpo
ensartado de alambre
que una mañana descubrí,
magnífica virilidad, dormida entre los lienzos
de Remedios Varo.
Pese a la postración de una mañana de pereza, mi yo flota ahora en la alfombra del Melquiades más allá de la ventana jugando con las nubes bajas del pico que íbamos a subir esta madrugada, se restriega el lomo contra la almohada, es ya una entidad dispuesta a encontrarse con la mañana. Sólo le falta despabilar los músculos, estirarlos, abrir los canales de la respiración, airear el cerebro.
A media mañana, después de unas brumosas horas de incertidumbre, ya casi todo empieza a estar en orden. Y así, con el cuerpo tonificado por el agua, por mi viaje aéreo matinal sobre la ciudad de Oaxaca y su montaña, nos vamos al Zócalo y torcemos a mano derecha y entramos en un local en donde dos decenas de máquinas son capaces de ponernos en contacto con otras realidades al otro lado del océano. Y en pocos instantes éstas nos dejan sobre la mesa las palabras que vienen del desierto por donde anda nuestro hijo menor, el aire fresco de la lejanía de la casa, la distancia de una mujer, el calor de los otros. Y sube rebosante hasta mí el deseo. El deseo que habrá de acompañar mi libertad, que no la dejará obsoleta y falta de sentido en mitad del camino. Y ahora todo es mucho menos plano que esta mañana porque las fuerza que llevamos dentro y el aire desde el otro continente han modificado mi punto de vista y ahora, de nuevo, mi libertad tiene de qué nutrirse.
Y recuerdo el último correo de mi hijo mayor, Guille, esa demanda suya por saber de las pequeñas cosas de todos los días, y pienso que efectivamente que estamos en las pequeñas cosas: los deseos satisfechos; el cuerpo flexible, para, como decía el otro día Marisa, citando a Musil (“Una hora al día es la duodécima parte de la vida consciente y basta para mantener un cuerpo entrenado en las condiciones físicas de una pantera dispuesta a cualquier aventura”), disponerlo a cualquier aventura; las noticias de casa; el ver cómo las lecturas, la realidad, cuestionan día a día nuestro punto de vista, nos hace solidarios, nos recrimina; hablar del ostracismo que nos impone a veces la calle como fruto de nuestra timidez; el escuchar cómo nos cantan por dentro los gorriones a alguna hora del día. ¿O no son esas pequeñas cosasa las que se refería mi hijo? A mí me gustan en especial esos pequeños detalles; cuando alguna princesa está triste no hay príncipe que se moleste por los asuntos de la corte; de alegrías y tristezas viene a ser el cuento que todos vivimos..
Y de aquí podría saltar a cualquier parte del universo, porque la mañana se levantó así y de esa manera continúa. Amanecer tras los cristales empañados de un autobús que volteaba a los pasajeros de un lado a otro del asiento por tortuosas carreteras de montaña, es una experiencia que notifica la epidermis y transmite buena cantidad de estímulos a alguna parte de nuestra masa encefálica.
Estamosen el medio de esa brecha en que la brutal injusticia de un capitalismo salvaje relega a los indígenas a una condición de indigencia y abandono sin salida. El movimiento zapatista es hoy una antorcha para el mundo entero, aglutina a intelectuales, jóvenes, gente comprometida en todo el mundo, en un momento en que parece que ya no tuviéramos otra guerra que ganar que la de un salario suficiente para alimentar todas nuestras apetencias.
Estoy absorbido por la lectura de Marcos: el señor de los espejos, de Vázquez Montalbán, un estudio sobre el movimiento indígena de la selva Lacandona, a la vez que un alegato sobre la necesidad de resucitar un discurso de izquierda con un lenguaje nuevo. Los de la oficina de información al turismo nos han querido meter el susto en el cuerpo: la zona zapatista de todo el valle no es ni accesible ni recomendable, y menos, por supuesto la selva. Entendido, pero no lo tendremos en cuenta. Queremos subir hasta una pequeña comunidad, el ejido Emiliano Zapata. Leí en algún lugar que la selva Lacandona es uno de los lugares más bellos del mundo. Los próximos días serán una incógnita por motivos diferentes, además de la pista, algunas horas de caminar en el barro y parte de la parafernalia del ejercito controlando de cerca al EZLN, encontraremos barro a montones. Queremos llegar a una cristalina laguna denominada Miramar. Tendremos que encontrar también un guía y alguien que nos alquile una canoa.
Chamula
La verdad es que no he nacido para escribir libros de viajes, un lector que pretendiera saber algo de lo que va sucediendo a este viajero que ahora anda por Chiapas, se quedaría a la luna de Valencia. Nada más costoso que describir el ambiente de la iglesia de Chamula donde se practica un extraño sincretismo religioso entre maya y católico. El espacio diáfano interior está envuelto en el espeso ambiente que desprenden cientos de velas depositadas sobre el suelo frente a numerosos grupos de orantes postrados de rodillas que musitan plegarias ininterrumpidas; el suelo ha sido alfombrado con manojos de hierbas, no hay bancos ni sillas, los niños juguetean por los suelos junto a los cuerpos extasiados de sus padres; un féretro en un lateral, algún turista despistados, el ambiente neblinoso que sube de los pabilos flota como una calina tropical al filo del alba. El recuerdo más próximo es un templo hindú saturado por las ofrendas florales a Siva. Y salir a la luz implacable de la plaza y tropezar con una aglomeración de indígenas en estado de recogimiento, consumiendo en corro Coca-Colas, producto que creen les protege de las arremetidas de los espíritus infernales. Y pasar la calle y atravesar el mercado y sopesar si sacas la cámara o no, porque no me siento a gusto dirigiendo el objetivo hacia la miseria, hacia la adustez. Pero descubro a los niños, montones de niños: Marbi, Marisol... niños a la espalda de la madre sobre el consabido atajo, que miran con los ojos de plato como si estuvieran descubriendo el mundo.
A Chamula siguió media hora en la carretera esperando que algún coche nos subiera hacia los pueblos de la montaña, no encontramos medio para llegar a San Andrés, una comunidad zapatista donde el Gobierno firmó con el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) un importante acuerdo que después se fue al garete. Para un coche, trepamos a la caja de madera en la que viajan ya otros paisanos; no, San Andrés, no: Mitontic. Tanto da. Hacemos el trayecto con dos indígenas; curvas, viento, bares aislados pintados con el rojo de la Coca-Cola, mujeres tejiendo a las puertas de las casas —simples paralelepípedos de adobe—, alguna iglesia pintada de azul cielo y blanco. Nos bajamos en Mitontic. No hay bandidos, ni asaltantes, mi militares, ni encapuchados. Y nosotros que creíamos llegar a yo qué sé qué lugar infernal. Paseo tranquilo por el pueblo, de algún bar o casa sale la fanfarria musical de Méjico que revolotea por la calle dándole un tic de fiesta y alegría. Buenas tardes, buenas tardes, adiós, y otra iglesia y las velas y el ambiente irrespirable, y esperar a que las pupilas se dilaten en la oscuridad y nos deje ver ese claroscuro desde que emergen varios grupos familiares en actitud de invocación. Y luego allá estaba Isabel jugando con su hermanito que se había subido a un árbol, e Isabel oculta su media cara tras otro árbol pero cuando la saca enfoco y hago dos tomas en blanco y negro; pero es necesario también que el color recoja los matices contra la fachada luminosa de las casas del fondo, y cambio de máquina, de objetivo y allí está otra vez Isabel.
El marco:un pequeño patio tropical en el que crecen las palmeras y al que se asoman los corredores de las habitaciones, sencillas, baratas, acogedoras; el lugar adecuado para continuar nuestra vida diaria en torno a los libros, la música o la escritura.
La mañana era de lluvia y de nubes bajas, casi una indicación para no abandonar el autobús y seguir hasta Palenque; sopesamos la posibilidad pero al final decidimos quedarnos. Nos aseguran que sí será posible encontrar algún camión que nos lleve selva adentro; diez horas de accidentada pista para hacer los ciento sesenta y tantos kilómetros que separan Ocosingo de San Quintín.
Los problemas con el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional están en situación de treguaun ejército de sesenta mil soldados vela por la estabilidad de la zona. Como consecuencia de la revolución de 1994 la zona ha experimentado un notable avance en lo que se refiere a los servicios: escuela, luz, médico, infraestructura en general; al menos la zona que nosotros visitamos; 0tro asunto son las comunidades que no tienen carretera, que son mayoría.
Es una curiosidad eso de que a uno se le afloje la escritura precisamente cuando recorre parajes y circunstancias nada corrientes, como fue el caso de los días que pasamos en la selva, pero... así es. Recuerdo un largo día en la caja de un camión, algún automóvil atascado en el barro al que hubo que auxiliar, una línea de tendido eléctrico caída sobre la pista y el excelente buen humor de los lugareños con los que compartíamos el viaje. Vivimos un par de día en una cabaña de madera e hicimos una larga marcha, con barro hasta la rodilla, para alcanzar las orillas de la laguna Miramar, que circunnavegamos durante un día entero. Después llovió torrencialmente durante veinticuatro horas. Los caminos de la selva se hicieron impracticables.
Hoy, repasando mis apuntes de aquel viaje que entonces transcurría en la selva Lacandona, núcleo central del movimiento zapatista entonces, año 2002, no encuentro nada relevante sobre la zona con que llenar aquella corta estancia; sin embargo tropiezo, con un relato que recibí mientras esperábamos en Ocosingo nuestro autobús para Palenque. Su autora me va a disculpar que incluya aquí el relato. La mirada del lobo, se titula. El contenido de este blog no tienen otro objeto que el de recrear algo de la memoria de aquellos meses, y la correspondencia y la escritura que compartíamos a uno y otro lado del océano no era el menor de los alicientes de entonces. El que lo incluya también tiene que ver con mis recientes y agradecidas lecturas de Jack London. Éste es el relato de X:
LA MIRADA DEL LOBO
El invierno había sido muy duro aquel año, las heladas habían congelado la gruesa capa de nieve y, el sol, como si su luz se hubiera vuelto tan fría como el fulgor resplandeciente del inmenso manto, apenas calentaba. Los ganaderos del pueblo se mostraban taciturnos, algunas de vacas habían quedado aisladas al comienzo de los fríos y dudaban que pudieran llegar a rescatarlas antes de que los lobos hicieran su aparición. No era animal abundante, tal vez quedara una sola manada de unos doce lobos, que por demás rehuía la presencia del hombre, pero el hambre les había hecho abandonar toda prudencia y habían empezado a merodear por los gallineros, los rediles y el vertedero de basuras. Asífue como aquel año, hasta bien entrada la primavera, cuando el deshielo llenaba de músicalas rocas de las laderas, la palabra lobo se hizo murmullo temeroso entre los habitantes del pueblo. Las viejas historias que los ancianos contaban en otro tiempo sobre ellos ya no eran tan apreciadas; el miedo había se había adueñado de los habitantes del pueblo; los chiquillos, vigilados de cerca por sus madres, jugaban sin perder de vista la puerta de sus casas.
El abuelo dio cuerda al reloj. Era una pieza heredada de su padre y la superficie estriada de la corona, ya desgastada, hacía resbalar sus dedos que humedecía levemente antes de deslizar la pequeña pieza redondeada entre el pulgar y el índice. Lo hacíacon delicadeza, procurando no forzar el mecanismo; ese era el secreto de la buena conservación del artilugio. Los números de la esfera eran de un elegante trazado, al igual que la cajita redonda y plateada que la vieja limpiara con esmero cuando vivía; la abuela, como la llamaba cariñosamente en los últimos tiempos, la mujer a la que apenas reconocía ahora en la desgastada foto color sepia adherida a la cara interna de la tapa. Un recuerdo doloroso se cruzó en sus pensamientos y sintió una viva desazón. La cadenilla colgaba lánguida dejándose llevar por la caricia suave y fría de su mano. Otras veces la había dejado caer, formando un montoncito de eslabones sobre la palma, sintiendo el agradable cosquilleo, pero hoy la recogió sobre el reloj y se apresuró a guardarla dentro de la cajita de madera.
Desde aquel día reposó en su estuche y no volvió a sacarlo, tal y como se había propuesto después de suceder aquello. Pensó, algo triste, que se pararía al día siguiente, a las cuatro de la tarde.
María abrió el antiguo reloj de bolsillo, parado en las cuatro de un día ya lejano. Acarició la superficie de la cajita redonda, suave, sin adornos, el gracioso gancho en forma de pequeña anilla chata atravesando la corona que servía de engarce a una cadenilla de plata que el paso del tiempo había ennegrecido. Recordó el rostro severo del abuelo, aquel que le diera tanto miedo cuando niña. Fueron tiempos difíciles aquellos, tratando de ganarse el cariño de todos, de hacerse un espacio, como si tratara así de justificar el haberse hecho un hueco en la vida junto a los otros. Los años la vieron crecer sentada las tardes de verano en la silla baja de mimbre cercana al abuelo; con el paso del tiempo sus sillas se fueron aproximando más, creando una especie de complicidad entre ellos, un sentimiento que suplió todo el desamor que ella sentía era su infancia. En la cara interna de la tapa se veía desdibujado el rostro de la abuela. La fotografía se había desconchado como una pared vieja, el tiempo se había llevado parte del rostro de una mujer de edad indefinida;entre sus líneasdemasiado redondeadas y su peinado hacia atrás, tal vez en un moño sobre la nuca, aún se podían distinguir unos pendientes largos y elegantes que a buen seguro realzaran su cara ancha, dándole un aspecto algo grácil. Sintió una tensión repentina en su mano izquierda y, por instinto, tiró de las riendas hasta darse cuenta que el caballo sólo intentaba llegar ala hierba de la vereda. Pensó que tal vez un movimiento brusco del animal hiciera caer el reloj de su mano y lo guardó en el bolsillo del chaleco. Apenas había sacado la mano cuando que el forro del bolsillo del viejo chaleco de pana estaba demasiado desgastado y pensando que pudiera perderlo se detuvo un instante y lo pasó al bolsillo derecho de la chaqueta.
Daniel alargaba el paso, casi con rabia. De vez en cuando se volvía, esperaba unos segundos: vamos, padre, apremiaba, áspero.El viejo dejaba oír su respiración, penosa por el esfuerzo. No obstante, apretaba el paso: voy, hijo, voy. Daniel tenía prisa, deseaba dejar al viejo en su casa, donde permanecería hasta el invierno. Atrás quedaban los largos días de intenso frío, sus toses de madrugada, producidas por ese asqueroso picadillo que liaba luego en papelitos, fumando uno tras otro; y sus madrugones, porque no podía dormir y arrastraba los pies por la casa, en una caminata sin sentido, para sobrellevar el frío, desvelando a todos, hasta que el hijo, malhumorado, se levantaba pagando su contrariedad con las puertas y las sillas. Hijo, no puedo dormir, se disculpaba, humilde. La nuera le reprochaba alguna vez: Daniel, es tu padre.
–Nunca llegaremos. Se nos va a echar la noche encima –gritó por encima de su hombro, enfurecido.
El viejo inició un trotecillo torpe, pero unos metros más adelante tropezó y cayó de rodillas sobreel lecho de hojas muertas del bosque. Daniel esperó a que se incorporara, sin moverse, mirando malhumarado la escena. Tras la muerte de la abuela, tuvo al abuelo con ella un año; María se encargó de que le arreglaran la dentadura, algo que Daniel no comprendía del arguyendo que el viejo a sus años ya no la necesitaba. Daniel había contemplado sombrío la alegría infantil de su padre cuando bajó del coche de línea, con su traje nuevoy una delgadezpálida que no le conocía. Pero el hijo no estaba dispuesto a tenerle en casa siempre, así que se apresuró a comunicarle que estaría mucho mejor pasando los meses de buen tiempo en su casa y el invierno con ellos. El anciano ocultó su decepción y asintió.
–Necesito descansar; sólo un poco.
La voz del abuelo le sacó de sus pensamientos. Con un gesto de contrariedad que no intentó disimular, tiró el hatillo junto al tronco de un gran roble y se sentó, mudo.
Apoyó la espalda en el tronco del roble, sin soltar la rienda del caballo que se apresuraba en arrancar los brotes tiernosde la hierba que asomaba entre la alfombra pútrida. Atada a la silla, la mochilale recordaba su resolución de tomar un nuevo rumbo en su vida. Hacía algunos años había elegido un camino equivocado que ahora estaba dispuesta a rectificar. El animal se esforzaba en masticar la hierba produciendo un tintineo apagado con el bocado. Una baba verde, olorosa, caía de su belfo y hebras de hierba asomaban de la boca. María atrajo la cabeza del animal y le abrió los labios, una masa semimasticada quedaba retenida por la barra de hierro que se asentaba en el espacio libre de dientes de su quijada inferior, la extrajo con los dedos y quitó la cadenilla y la correa de la muserola, liberando las mandíbulas del animal y permitiéndole pastar con más comodidad. Le dolíahaber dejado su casa a escondidas, pero por nada del mundo quería que le siguieran la pista; necesitaba desaparecer para todos, empezar de nuevo, ser otra. Una sensación de escalofrío, la luz que iba perdiendo intensidad, le anunciaron que el atardecer estaba próximo. Mientras abrochaba las hebillas dela cabezada del caballo le asaltó el vago temor a perderse.
La idea de haberse perdido le parecía a Daniel absurda. Paseó la mirada a su alrededor, miró desconcertado a su padre y encontró el miedo chispeando en el fondo de sus pupilas. He intentado decírtelo, hace rato, dijo éste; cuando dejamos atrás la Fuente del Cuervo tomamos un camino equivocado. ¿Y por qué no lo dijo?, respondió Daniel. Tenías tanta prisa que no me escuchaste. El anciano intentaba dar a su voz un tono despreocupado, no quería que el hijo se sintiera culpable, eso le enfurecería y no mejoraría para nada su situación. Extrajo una linterna pequeña de un bolsillo de su chaqueta. Menos mal que, por lo menos, vale para algo, comentó el hijo mientras se la arrebataba con un gesto brutal. Continuaron hasta que no quedó vestigio de luz.Encendió la linterna. Con el despreciable círculo de luz que agigantaba las sombras a su alrededor resultaría imposible orientarse; así lo comprendióDaniel, resignado, y su voz pareció dulcificarse con un tono amable: buscaremos un cobijo donde pasar la noche, así no podemos seguir. Un aullido agudo cortó el aire, subiendo, quedándose allá arriba, suspendido como un funambulista en su hilo, y bajando después hasta perderse cadencioso en el aire que, de pronto, parecía haberse adensado. Se miraron sin hablar. ¡Vamos, padre, vamos! El pánico se había adueñado de Daniel, que había agarrado al viejo por un brazo y lo arrastraba tras de sí. El abuelo corría, insensibles sus piernas, mientras el corazón le latía con una fuerza desbocada que le dejaba sin respiración. Fue entonces un peso muerto para el hijo, que se volvió, suplicante. El padre se había dejado caer sobre el suelo y se esforzaba por recuperar el aliento. Vete, hijo; yo no puedo. ¡No me fastidie, padre, vámonos! El viejo le miró y el hijo se dio cuenta de que no se movería de allí, que había llegado al límite de sus fuerzas. Presa de un terror descontrolado, le parecía oír las pisadas de la manada siguiendo su rastro. Voy a buscar ayuda. Se disponía a marcharse, cuando pareció recordar algo. Volvió sobre sus pasos. Digo, padre, que me llevo la manta, no vaya a ser que usted la pierda. Dudó unos instantes antes de atreverse a meter la mano en el bolsillo interior del chaleco del viejo, encontrándolo vacío. El abuelo rebuscó en su chaqueta y puso el reloj en la mano del hijo, buscando su mirada. Daniel, los ojos bajos,lo cerró en su palma y se marchó. El viejo se deslizó buscando el refugio de los troncos próximos.
Allí, junto a los troncos, le parecía estar más protegida. Sujetaba el caballo de las correas de la cabezada, tratando de infundirle una tranquilidad que ella estaba muy lejos de sentir. El aullido se repitió, más cerca. El animal luchaba por zafarse de la mujer, piafando y lanzando manotazos impacientes. Los ollares dilatados, las orejas rígidas y los ojos extraviados delataban su pánico. Todo él parecía un muelle a punto de saltar. María quitó las hebillas de la cincha con manos temblorosas, luego, las de la cabezada; tiróhacia arriba de las correas laterales, liberando las orejas, y la dejó resbalar hasta que el animal quedó libre. Durante unos segundos permaneció inmóvil, la cabeza erguida, como asegurándose de que nada le ataba. Después dio media vuelta y se internó en el bosque. La silla cayó en el límite del pequeño del claro. María esperó, asustada.
Pero no era miedo lo que sentía el viejo. Abatido, esperaba iluminado por la luna que filtraba su luz entre las copas hasta el claro donde se encontraba. A través de las lágrimas, distinguió las siluetas de los animales, oscilantes, diluyéndose y aclarándose en un baile siniestro. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y esperó. Parecían no tener prisa. Se paseaban como ignorando la presencia del hombre. Alguno agachaba la cabeza al pasar junto a otro de mayor jerarquía que le envolvía con una mirada hostil de advertencia. Una lobapreñada olfateó el suelo, paseando el hocico por un complicado rastro, hasta que su nerviosismo llamó la atención del resto. La loba se internó en el bosque tras la huella, llevándose consigo al resto de los lobos, a todos, menos a uno de ellos, un lobo gris quese había acercado al hombre, sentándosesobre los cuartos traseros, frente a él. Se miraronhombre y animal; ninguno de los dos rehuyó la mirada del otro. El lobo poseía en sus ojos rasgados y amarillos, una noblezaque tenía algo de humano. El viejo pensó que su hijo, en cambio, los tenía fríos y crueles, como de lobo. El animal se levantó, volvió la cabeza y se alejó, despacio, hacia la espesura, donde inició una rápida carrera tras los pasos de la manada...y de Daniel, cuyo rastro había olfateado la loba dominante.
Tensa por el miedo María contemplaba, con una sensación de irrealidad, los rápidos movimientos de la loba, olfateando, ansiosa, el rastro dejado por el caballo. El resto de la manada, alertado por ella, se mostraba impaciente. Alguno dirigía a la mujerencogida junto a un tronco, una rápida mirada, pero pronto la excitación general atraía su atención. La loba se introdujo en la maleza, llevándose tras ella al resto. María no se atrevía a moverse. Pasó un rato que se le hizo muy, muy largo, hasta que se deslizó dentro de ella un tenue hilo de confianza. Estiró las piernas y respiró con más libertad, sintiendo el aire frío dentro de su cuerpo. Temblaba y echaba de menos algo con que abrigarse, tal vez si encontrara un tronco hueco... Se levantó muy despacio, procurando hacer el menor ruido posible, cuando llamó su atención un objeto que destacaba en medio del pequeño claro, a la luz de la luna: el reloj de su abuelo que debió caer cuando soltaba al caballo. Se acercóy ya se agachaba para cogerlo, cuando su mirada tropezó con la otra del animal, que la miraba fijamente, sentado frente a ella. Se estudiaron uno al otro. María percibió algo tranquilizador en los bellos ojos del lobo gris y supo que no iba a atacarla. Recogió el reloj. Lentamente, el lobo se incorporó, dio media vuelta y emprendió un trote rápido tras la manada. María pensó en cuántas personas carecían de una mirada tan noble. Se dispuso a afrontar la noche, la mano cerrada sobre el reloj de su abuelo, como un talismán.
Una mano del cadáver, fuertemente cerrada, llamó la atención de uno de los hombres. Costó trabajo abrirla y sacar el reloj de cadena que sirvió para aclarar la identidad de aquellos maltratados despojos. Alguien traía al abuelo. Le pusieron encima una manta que habían encontrado por los alrededores y se apresuraron en llevarle al pueblo, para que no viera lo que los lobos le habían hecho a su hijo. Un hombre le alcanzó y puso en sus manos el reloj; el viejo le dirigió una mirada inexpresiva y se dejó conducir, como sonámbulo, hasta el pueblo, arropado por una manta que le pesaba encima como una maldición. Tardó años, muchos años en poder mirar a su nieta, a la hija de su hijo, a la cara. Cuando sintió su proximidad, su cariño inocente, su pena por su indiferencia, se fue ablandando hasta que un día, junto al fuego, recordó la mirada del lobo, entonces, arrimó su silla a la de ella y le dirigió una gran sonrisa. Un tiempo antes de morir, cuando ya su cuerpo cansado miraba de frente, agradecido, su propio fin,llamó a María y le entregó elreloj de cadenilla.
María contemplaba el reloj y recordaba al abuelo mientras le ponían un abrigo sobre los hombros. Ahora la vida se abría ante ella como un gran interrogante. Después de todo, aún era tiempo de cambiar algunas cosas antes de tomar decisiones extremas. Se preguntó qué habría ocurrido si hubiera logrado atravesar el bosque y se hallara ahora sentada en un autobús rumbo a cualquier lugar, tal vez asustada y confusa, sin saber por dónde ni cómo rehacer su vida. Se detuvo frente a la entrada de su casa. A su mente acudióla mirada tranquilizadora del lobo. Compuso un gesto de fuerza y se dirigió con paso firme hacia la puerta.
Tras los hechos, se organizó una batida. Seis lobos pagaron con su vida el haberse atrevido a hacer frente a los humanos. Escaparon dos que subieron al monte, perdiéndose entre los riscos inaccesibles. Uno de ellos era un gran lobo gris. Mientras, en un lugar seguro y oculto, los diminutos cachorros hociqueaban entre el pelo, buscando las tetillas rosadas de la loba.
Palenque fue la imagen de una mujer de vestido rojo esperando sobre las graderías de alguno de los templos mayas. El resto discurrió en una larga discusión arriba y abajo por las calles de la ciudad, cobijados, cuando ya caía la tarde en un parque público donde lucían taciturnas unas pocas farolas. Repaso aquello pero es demasiado prolijo, una discusión en donde aparecían algunas consideraciones en torno a Musil; algo sobre Óscar, el personaje de El tambor de hojalata, y su negación a crecer y media docena más de asuntos interesantes. Me quedo con unos pocos versos de Nicolás Guillén, que aparecieron en mis lecturas poco antes de dormirme:
“Camina, negra, y no yore,
be p’ayá;
camina, y no yore, negra,
ben p’acá;
camina, negra, camina,
¡que hay que tené boluntá!”
Fueron a cazar guitarras
bajo la luna llena.
Y trajeron ésta,
pálida, fina, esbelta,
ojos de inagotable mulata,
cintura de abierta madera.
Es joven, apenas vuela.
Pero ya canta
cuando oye en otras jaulas
aletear sones y coplas.
Los sonesombres y las coplasolas.
Hay en su jaula esta inscripción:
“Cuidado: sueña”
Guatemala. Esperando al Papa.
Dolor de tripas, sí; algo así fueron nuestros primeros días en Guatemala, quizás el humor, el ánimo de un país pueda compararse al humor que uno arrastra como alma en penitencia durante tantos días de la vida. Sólo que hay países que parece que nunca vayan a despertar del mal sueño de un ánimo envilecido por la historia, los gringos o el pandemónium católico. Habíamos llegado a la capital sin tiempo para buscar hotel y, teniendo en cuenta la prevista llegada del Papa para el día siguiente, nuestros temores de no encontrar alojamiento hicieron que no nos demoráramos en su búsqueda; así pues, de cabeza al primero que encontramos. Hotel Guatemaya, un pasillo estrecho, un verja al fondo; se abre la verja, cuatro o cinco metros cuadrados, un cuchitril rodeado de cristales, sólo queda una habitación, cincuenta y cuatro quetzales, baño común.
Tomamos la llave, subimos una escalera que se cae a trozos, echamos un vistazo al baño: paredes rotas, una cortina con mugre de muchos años; en un rincón un retrete, unos pocos chorizos flotan indolentes en la superficie amarronada de su interior; dos pilas de medio metro cuadrado, una con agua sucia hasta el borde, restos de pelos, espuma, un paño oscilando en su superficie como un iceberg. Del grifo caen lentas unas pocas gotas de agua. Giro la manilla, el mecanismo emite un suspiro, un gloglogló que se va por las tuberías como con pena. En el suelo hay un enorme charco de agua. Pasamos a la habitación. Colchas rojas, un somier de tablas con un colchón de gomaespuma de tres o cuatro centímetros de grosor. Un letrero: no manchen las paredes; una de ellas es de cartón piedra. El ruido del tráfico de la calle viene matizado por una trayectoria que debe subir por el muro de la fachada, bajar, atravesar un patio cubierto de uralita, en cuyo fondo está encendida una televisión de colores, y filtrarse por fin por dos de los agujeros de los cristales rotos de la habitación.
La colcha roja servirá para tomar a la mañana siguiente un par de bellas fotografías de Berta mientras hacía desnuda sus ejercicios de gimnasia matinal. Hay poca luz; en el lienzo del visor, sobre la base roja de la colcha, se levanta el esmalte azul de la pared, las sábanas revueltas; en un lateral, cercano al eje central, el cuerpo de ella, los brazos al frente, el pecho prominente, el estómago retraído. La luz entra débil por el lateral derecho y modela suavemente los hombros, la espalda. El fotómetro marca un tiempo demasiado escaso, mantén la respiración, quieta, le digo. Creo haber visto esa tela roja sobre el crema de la sábana en algún lugar, quizás en David. Disparo y sigo con mis ejercicios de yoga, pero un momento después vuelvo a abrir los ojos, y en la cama opuesta, vuelvo a encontrar esa extraña mezcla de rojo, blanco y azul, con el cuerpo reconcentrado de ella en medio. Habitaciones de hotel barato, rastros de texturas y colores agolpados; el encuentro inesperado de la vista con las formas y los matices, momento ese en que la realidad se abre como una flor y nos regala la belleza de una composición.
Por las mañana los chorizos siguen indolentes en el mismo lugar que la noche anterior. El agua de la ducha, que ha sonado como un riachuelo cercano desde antes del amanecer, probablemente porque no había forma de cerrar la llave, deja caer una hilera de gotas ininterrumpidas cuando nos levantamos. Me siento en el lugar de todas las mañanas y el metrónomo del grifo acompaña a mi ánimo en el ir y venir de mis reflexiones. Se me encoge el estómago; pocas veces vi tanta decrepitud reunida, no pobreza, no, que eso es otra cuestión.
Bajaré enseguida para encontrar otro hotel por los alrededores y me encontraré en recepción gente amable y sonriente (el dia anterior habíamos preguntado por el agua; sí, hay varios baños, pueden ustedes bañarse todo lo que quieran) que me saluda desde el medio metro cuadrado del chiringuito acristalado de la recepción con la deferencia de quien cree haber cumplido con todos los requisitos para hacer que los clientes se sientan a gusto. Se me pasan por la cabeza los chicles pegados en el pavimento, el suelo que no ha debido de ver un fregona en una larga temporada, las centenares de señales de cigarrillos quemados en los muebles, una larga y negra telaraña que cuelga del techo encima de mi cama; y les miro y me encanta que los empleados del hotel sean tan amables y considerados.
Tengan cuidadito, nos había advertido anoche la camarera que nos había atendido tranquila y amablemente, tengan cuidado que hay mucho criminal suelto. Saqué la navaja, la tuve la mano, caminamos por el centro de la calle que ya empezaba a vaciarse de gente y subimos a la habitación después de atravesar la estrecha reja que nos cerraba el paso. Por la mañana la calle ya es de todos, el tráfico era fluido. Recorrí algunos hoteles, en la mayoría me atendían a través de la reja que separaba la calle de la recepción. Me muestran algunas habitaciones, un cubo oscuro sin un mísero tragaluz, no, no tienen ventanas, me dicen con la mayor naturalidad del mundo; en otro me cruzo con una mujer desnuda que lleva arrollada una toalla blanca en el cuerpo, me enseñan una habitación, sí, si tiene ventanas, me había dicho, las ventanas dan a un estrecho pasillo; enfrente cuatro servicios con las puertas abiertas de donde se escapan los olores propios de las deyecciones matinales de los clientes; casi no me da tiempo a mirar, retengo la sensación desagradable que me sube por el estómago, me cruzo con gente que se acaba de levantar, doy los buenos días amablemente, huyo, me marcho lo más deprisa que puedo con una sonrisa de cortesía anclada en mi cara. Hay hoteles mejores, algunos doblan el precio que hemos pagado la noche anterior, me hago enseñar una habitación, no mejoran en mucho a las otras, un jeroglífico de escaleras, en todos los rincones objetos abandonados, puertas de waters abiertas de par en par, la sospecha de que en alguna de las revueltas me voy a encontrar con algo inmundo e indefinible.
El ruido que producían los automóviles era estruendoso. Por fin logro que me enseñen algo habitable, quiero luz, le digo al encargado, mucha luz, el señor me indica una habitación: ¡vaya, puede pasar!, y, con un tono que no oculta un fondo un tanto socarrón, me dice, ve, desde aquí puede usted ver toda la calle, toda la gente que pasa. ¿No tiene otra con más luz? Me mira paciente y termina mostrándome la habitación de al lado, no se puede tener más luz, dice ahora, y va y me abre, en el achaflanado rincón de enfrente, una puerta que da a un balcón con vistas a dos calles laterales. Es una enorme sala de paredes sucias, pero me gusta; echo una rápida ojeada al baño, hay un pequeño charco en el medio, imagino enseguida que podremos limpiarlo sin problemas. ¿Agua? sí, sí y me abre el grifo para que lo compruebe. En fin, que ya teníamos hotel.
Ahora sólo quedaba descansar un poco y tomarnos la mañana tranquila a esperar la visita del Papa. Nos esperaba día de Papa, día de misa multitudinaria y, por supuesto, día grande para hacer retratos sin restricción de una muchedumbre alelada ante la voz cansina y de sonsonete del Santo Padre, que volaba desde Roma para dar el toque a sus ovejas que en los últimos años se están pasando en masa a las iglesias de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y a La Iglesia del Verbo (la de Ríos Montt que en los ochenta se cargó a miles de indígenas impunemente). Mundo de locos. Los americanos, avanzadillos ellos, temen que lo poco católico que merece la pena, los movimientos de la Teología de la Liberación, pueda estorbar su estrategia económica y social, y busca arietes que le vayan abriendo el camino, los evangelistas, ya da per tutto en Latinoamérica se convierten de esa manera en los guardadores de los intereses de la madre patria. Así que allí estaba el Papa por tercera vez, apacienta tus corderos, apacienta tus ovejas, probablemente a decirles a las masas que sigan teniendo muchos hijos, aunque sea en el cubo de la basura. Había sido totalmente inesperada esta coincidencia con el Papa, show sociológico que desde luego no nos íbamos a perder.
A la tarde, la débil luz de la habitación me impide seguir con la lectura de Chomsky; me tomo una tableta de chocolate, un vaso de leche, me enchufo los auriculares a Mussorsky, y agarro el portátil. Encontré la letra courier, le puse la negrita y enseguida me pareció que estaba con el clac, clac de la máquina de escribir golpeando sobre el rodillo de goma. Viejos tiempos aquellos de la pequeña máquina que tantos trabajos sacó adelante y que mis hijos se rifaban ahora como lujo paleolítico de la escritura.
Vi al Papa a través del zoom de trescientos, ocupaba todo el rectángulo del objetivo, estaba encorvado, con la cabeza inclinada a un lado, tenía aspecto de sumo cansancio; el papamóvil atravesó por delante de nosotros a una velocidad desconsiderada, poco cortés diría yo, para la multitud que se había apostado en las calles durante horas esperando el paso del Santo Padre. Seguía detrás del papamóvil un microbús lleno de “personalidades” eclesiásticas; varios de ellos sonreían melifluamente y hacían gestitos de saludo con las manos desde su sonrisa profidén. Los coches doblaron rápidamente por la calle de la izquierda y se perdieron en otro codo que los dejaba en la Nunciatura. Inmediatamente un triple cinturón de policías acordonó la entrada a la calle. El Papa quedaba debidamente enlatado. Durante toda la mañana, jóvenes universitarios habían engalanado todo el pavimento de las calles por donde pasaría con dibujos y pinturas en bajorrelieves fabricados con serrín de distintos colores; los regaron durante horas para que mantuvieran sus formas y no fueran arrastrados por el viento. Primorosas filigranas, trabajo minucioso probablemente preparado durante semanas para homenajear al “Mensajero de la Paz”. El coche de este mensajero pisoteó a una velocidad de visto y no visto toda aquella alfombra primorosa. Y los gilipollas de bonete rojo sonreían y meneaban la mano a la multitud que llenaba la calle, mientras el público miraba perplejo en qué habían quedado sus expectativas.
Trabajo rutinario de masas. Masa distante, carne de cañón. Ceremonia de la confusión. Burócratas de sotana roja o blanca. Si Jesús se levanta y ve esto le da un patatús. Parece como si unos pocos programas de televisión, un Papa, y el uso medianamente inteligente de los medios de comunicación fueran capaces de tragarse los pocos metros de dignidad que un pueblo puede desarrollar.
Incontenible emoción, lágrimas, cuadros para una exposición antropológica en donde se encierran muchas de las claves del comportamiento de la humanidad. Era imposible no ver la mentira, me decía, este papamóvil impoluto y limpio llevando el mensaje de la esperanza al pueblo pobre, mísero, al que vienen esquilmando y chupando la sangre desde los tiempos de Cortés; un papamóvil lindamente acompañado por Ríos Mont como representante del dinero, de la masacre indiscriminada de los años ochenta (hoy presidente del Congreso y aspirante a la Presidencia en las nuevas elecciones). Esperpéntico. Banderitas, emblemas, aplausos, ojos húmedos.
Por la tarde, mientras me cortaba el pelo, miraba en la televisión los preparativos en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en Méjico, lugar a donde se desplazaría aquella tarde el Papa viajero, santuario donde los devotos siguen arrastrándose décadas tras décadas de rodillas por el empedrado hasta los mismísimos pies de la virgen, junto al altar mayor. Se mencionaban muchos millones de pesos, en esa ocasión la curia romana andaba en déficit, no habían podido encontrar promotores suficientes que sufragaran los gastos; se hablaba de negocios, el gran negocio de la bisutería y las estampitas que sigue al Papa en todas sus correrías. Era imprescindible recordar a todos los grandes promotores del culto a la personalidad del siglo XX y, con ello, claro está, el papel de los medios en la fiesta de la confusión.
Realizamos buenos retratos en aquella ocasión, eran los retratos de siempre, hombres, mujeres, niños que veían pasar la vida como si ésta fuera un juego de magia y el espectáculo a donde iban les mostrara la suerte que corrían los conejitos y las palomas dentro del ancho gorro del prestidigitador de ocasión. Se trata de un pueblo ingenuamente crédulo, allí todavía un señor gordo puesto en mitad de la plaza era capaz de mantener en vilo a un gran círculo de adultos con el juego de ese conejo-servilleta que brinca solo al impulso del dedo índice de su cuidador, ese truco de toda la vida que hacía el vecino de mi suegra a mis hijos cada vez que caíamos por allí de visita.
Los señores del Norte y los señores de Roma van a seguir teniendo a este pueblo bajo su bota de hierro durante mucho tiempo todavía. El Papa les habla de que los ángeles hacen pipí desde el cielo, mientras desde Gringolandia un feroz vigilante mira continuamente bajo la cama de Guatemala para que no se le filtre ningún socialista que pueda poner en peligro el dinero del tío Sam.
El espectáculo de entonces, la fastuosidad vaticana, la del Estado de gala en el aeropuerto, era indigno e irrespetuoso en un país donde el sesenta y cinco por ciento de la población vive por debajo del índice de pobreza, o donde el noventa y cinco por ciento de las mujeres indígenas son analfabetas. Un treinta y cinco por ciento de analfabetos en todo el país era un terreno abonado para una exhibición como la de aquel día.
Después de nuestro gira turística matinal, el Papa, el gentío, una buena colección de retratos arrebatada por la presencia de la Curia Romana, pasamos un rato por el hotel a descansar. Me enfrasco en el libro de Marinoff, Más Platón y menos Prozac. Algunos fragmentos de mi lectura: “Hegel considera que el poder existe en dos facetas: para que uno sea poderoso, otro tiene que ser impotente. Los amos obtienen sus sensación de valía a partir de la opresión del prójimo”. Evidencias que conviene recordar. Más: “El filósofo y teólogo judío Martin Buber divide las relaciones en dos tipos: Yo-Tú y Yo-Ello. La primera representa un toma y daca mutuo entre iguales, mientras que la segunda se fundamenta en la propiedad y la manipulación, igual que entre una persona y un objeto. Una relación saludable necesita sobre todo interacciones Yo-Tú, pero lo cierto es que a menudo cometemos la equivocación de tratar a las demás personas como si fueses cosas y entramos en la dinámica Yo-Ello. Ésta constituye otra forma de establecer un desequilibrio de poder que conducirá al conflicto.” El libro de Marinoff es un cajón de sastre esta tarde: “Un hombre nada puede desear a menos que antes comprenda que sólo debe contar consigo mismo; que está solo, abandonado en la tierra en medio de sus infinitas responsabilidades, sin ayuda, sin más propósito que el que él mismo se fija, sin otro destino que el que él mismo se forja en la tierra” (naturalmente, Sartre).
Una tarde más. El último pedazo de ella deshaciéndose entre las páginas de un libro es una imagen que yace esparcida por muchos rincones de la memoria; todas imágenes tranquilas, con sabor a crepúsculo, a tiempo sin tiempo. En el caso de hoy tarde ruidosa que siguió a mañana de agobio y de una búsqueda frenética por huir de la sordidez de algunos establecimientos hoteleros. La calles tumultuosas, ruidosas de Méjico, el cruce de dos de las principales arterias de la ciudad, que habíamos olvidado hoy en nuestro empeño de huir inmediatamente de un lugar decrépito en que nos habíamos metido anoche presionados por la oscuridad, reaparecen hoy como el golpeteo de un martillo pilón junto a nuestros tímpanos. El ruido hace difícil nuestra comunicación, sentados ambos en nuestras respectivas camas situadas en ángulos opuestos de la habitación, debemos a veces gritar para entendernos. Me asomo al balcón, dos vecinas de buen ver y de grandes tetas apoyan sus pechos desmesurados en el poyete de la terraza y ríen ostentosamente mirando a la calle; me gusta verlas; no les quito el ojo de encima, espero con la intención de ver qué sucederá cuando se crucen nuestras miradas; espera inútil. Regreso a Italo Calvino, oigo a la policía abajo, vuelvo a asomarme: trabajo rutinario, varios individuos con las manos sobre la pared son cacheados; todo transcurre en un clima amigable. La calle queda bloqueada por una doble línea de autobuses, sonido de claxon, banderitas en la ventana con las consignas de bienvenida al Papa, gritos; parece una manifestación pero sólo son una acumulación casual de voces.
La nube de smog. Leer a Italo Calvino me produjo siempre la sensación de una lectura que está de vuelta de muchas cosas, la fina ironía, su humor soterrado, parece que destilara un tipo de vida que tiene la capacidad de ver, de analizar, pero a la que uno siente le faltara el impulso pasional de los deseos, la cuesta abajo de la desmesura. Vida reglada, familia, esposa rechonchita buena ama de casa, horario de oficina, expedientes que resolver, lecturas que completar y veranos en las playas del Adriático son aspectos personales que sugieren la lectura de un puñado de libros suyos, de la misma manera que los libros de Conrad sugieren vivencias marinas y aventuras sin fin en ultramar. “¿Cómo se puede, señor, mezclar con la excelsa poesía de Catulo, cuestiones tan prosaicas como los emolumentos por la traducción en que usted trabaja? –escribía Calvino desde su papel de gestor en la Editorial Eunaldi de Torino, al traductor de turno que pedía anticipos por su trabajo-. Calvino parece ir a su bola sin importarle demasiado lo que se mueve a su alrededor; juega con las palabras; se mueve bien dentro de la piel de unos personajes que asumen conscientemente su mediocridad. Es la mirada de un tímido que ve desfilar el mundo desde la sutil sabiduría de quien ha vivido considerable cantidad de años.
Muchos de sus cuentos son apenas el esbozo de una idea, una pequeña ola que va suavemente a recostar su cabeza en la arena tibia de la playa. Como la vida, que muchas veces no es otra cosa que esa línea secreta con que termina uno de sus cuentos (“y le parecía que en el informe embrollo de la vida se escondía la línea secreta, la armonía que sólo se podía encontrar en la muchacha celeste-cielo, y que éste era el milagro de ella: el escoger en cada instante, en el caos de los mil movimientos posibles, aquél y sólo aquél que era justo y límpido y leve y necesario, aquél y sólo aquél que, entre los mil gestos perdidos, contaba.”). Trato de adivinar al autor tras su escritura, confusión a veces posible aunque no descabellada, y me encuentro que muchos de sus personajes tienen rasgos comunes: que el soldado Tomagro del primer relato es el adolescente que fue el reportero de “La nube de smog”; que el lector empedernido del quinto no es otro que aquel que escribió “Por qué leer a los clásicos”, lector asiduo y enamorado de los libros, en donde la historia de una vida parece ser la historia de las lecturas y relecturas cumplidas a lo largo de los años; el empleado que un día descubre inesperada, agradablemente el atractivo de estar con soltura y normalidad entre la gente del otro sexo (“La aventura de una mujer casada”). No es el poeta, pero quiere ajustarse a esa línea secreta y armónica de la esquiadora de otro de sus cuentos. Pero sobre todo es el redactor de “La nube de smog”, el hombre que estuvo en la Resistencia con Cesare Pavese, en los tiempos difíciles del fascismo italiano, pero que termina tras la mesa de un despacho cumpliendo un trabajo y recibiendo un salario. Y mientras tanto las hormigas Argentinas se multiplican, el tiempo pasa y las hormigas siguen ahí, la nube de smog va creciendo, y el aire limpio de los prados aparece cada vez más lejos, más lejos; ese escueto mar apenas más allá del mundo de las hormigas está ahí, a nuestro alcance, pero la obsesión del tiempo, de las hormigas, de las tareas diarias raramente dejarán lugar a ese apacible paseo, mujer, niño, esposo hasta el muelle cercano.
Sin embargo, quizás en el fondo, pese a la nube, pese a las hormigas, se esconde la sabiduría del que va despacio y atraviesa la vida con el secreto de alimentarla con sencillos condimentos. Así termina el libro de Calvino: “Ahora yo había visto (había visto los campos donde las mujeres, como en la vendimia, pasaban con cestas descolgando la ropa seca de los hilos, y la campiña sacaba al sol su verde entre aquel blanco, y el agua corría llena de burbujas azuladas), ahora ya había visto y no tenía nada que decir ni por qué meterme en lo que no era cosa mía...... No era mucho, pero a mí que sólo buscaba imágenes para guardarlas en los ojos, tal vez me bastaba".
El Salvador, 1 de agosto
Cuando llegamos al hotel lo primero que nos preguntan: ¿para un rato o para una noche? (?) Somos viajeros de presupuesto bajo, miramos dentro de la habitación, veo en Victoria un gesto de reticencia, se va ella a otra de al lado, se mete en el cuarto de baño; yo mientras tanto intento que mis pupilas se adapten al interior de la primera estancia, su aspecto sombrío repercute en mi estómago; cuando pasan estas cosas, en mi bajo vientre se produce una especie de vacío, de mi esófago arrancan unos movimientos que deben de parecerse al de los anillos de las serpientes cuando están deglutiendo una pieza desproporcionada para su conducto digestivo. Quedan dos horas de luz, si nos ponemos a buscar hotel se nos hace de noche, y la noche no parece muy recomendable en esta ciudad: nos quedamos. Colocamos los macutos junto a la pared de la puerta, alzo la cabeza hacia el fondo de la habitación y me encuentro con un encuadre interesante:las sábanas blancas y las almohadas se extienden en un armónico escorzo hacia el lado opuesto de la habitación; en el fondo el esmalte amarillo y desconchado de la pared se revela como motivo idóneo para mi cámara. Necesito espacio, me falta un gran angular.
La habitación no tiene cerradura ni candado. Una verja de hierro en la puerta del hotel puede ser suficiente para que nos confiemos a la honestidad de los propietarios de este establecimiento.
Si dos horas antes, mientras nos alejábamos camino del centro, comentamos que no debíamos habernos precipitado quedándonos en ese hotel, ahora, nada másvolver, resulta que encontramos la habitación acogedora. Las paredes arrastran la pátina de un tiempo indefinido, el techo es excesivamente alto, cinco metros más arriba cuelga una débil lámpara que apenas es capaz de transformar la oscuridad en penumbra. Sin embargo hay algo que hace que nos sintamos a gusto, parece estar relacionado con las posibilidades fotográficas del lugar; pienso en mañana por la mañana, en las tomas que podré hacer, ese blanco y ese amarillo, un antiguo interruptor de la luz, el contraste con un moderno ventilador de pie, que parece un marciano en este entorno. Y además, lo más exótico y agradable del momento: una hamaca cruzando la habitación de parte a parte.
Esta primera hamaca en nuestro camino será la premonición de nuestro avance hacia el sur. Por la noche sacamos las tres guías que llevamos y empleamos un par de horas en buscar la ruta que habrá de conducirnos hasta Perú. Nuestra única incógnita, la posibilidad de atravesar por Colombia, se había desvanecido días antes cuando recibimos un correo con los pormenores de la situación política del país; no existían, además, las más mínimas posibilidades de atravesar por tierra ese laberinto entre Panamá y Colombia, que se llama Sierra de Darién. En compensación y dada la dificultad de llegar a Venezuela por otro medio que no fuera el aéreo, decidimos volar a Cuba, para desplazarnos desde allí a Caracas. En el mapa de Venezuela descubrimos una pequeña carretera al sudeste, que llega hasta Manaus. Desde allí seguiremos la ruta de Fitzcarraldo hasta Iquitos, algo más de una semana y media subidos en una hamaca: descansar, leer, mirar al río, asistir al rito diario del crepúsculo reflejado en el agua.
“El Gaspar Ilóm apareció con el alba después de beberse el río para apagarse la sed del veneno en las entrañas. Se lavó las tripas, se lavó la sangre, se deshizo de su mal, se lo sacó por la cabeza, por los brazos igual que ropa sucia y lo dejó ir en el río.”(Miguel Angel Asturias. Hombres de maíz)
Se oyen los grillos, el bosque tropical crece frente a nosotros en medio de un ambiente húmedo que da a la noche un toque acogedor. Un porche frente a nuestra habitación nos sirve como lugar de lectura y trabajo; cerca suena la marimba acompañando la alegría de un puñado de salvadoreños que subieron a la montaña a pasar el fin de semana.
La noche tropical hoy es fresquita, la lluvia hizo bajar la temperatura, que desde que entramos en El Salvador era algo agobiante. Encontramos una capital destartalada, pero no menos que Guatemala. La situación política parece que se toma un respiro; el país camina despacio por falta de infraestructura y de medios económicos.
Entre Ocotepeque y Tegucigualpa
Ojos hinchados de mañana temprana de viaje. Vida corriente a la puertas de las casas, estudiantes con mochila, pasa un viejo con un machete de medio metro colgando del cinto; pero nada del dorado madrugón de las estaciones de tren de la India de un invierno lejano. En el fresco de la mañana suenan algunas bocinas, el cielo es claro, plano; después será todavía más plano, y cada vez durante el día costará más encontrar la belleza nueva de un mundo diferente porque los colores y los semblantes tempranos de un invierno de Oriente pertenecen a un pasado difícil de reencontrar (¿o quizás no?). El invierno dorado aquel estaba hecho de dormir difícil y compartir exiguos espacios de maleteros, de sensaciones agolpadas contra el espíritu y acrisoladas por las mixturas de las luces, el sudor de los cuerpos o el aroma de las flores. Es verdad, nunca más existió viaje como aquel del Ganges y la costa del golfo de Bengala camino de Mysore; nunca, ni los ojos, ni los niños, ni la aurora pudieron repetir su pequeño esplendor frente a mí con tal derroche de generosidad. ¿Qué ciudad sería aquella en que amaneció mi cuerpo roto en medio de un gentío, de saris, maletas, bultos, voces, con los rayos primeros del sol cayendo sobre la humanidad del vestíbulo de la estación como sobre el atrio de una catedral medieval, el sol ambarino, padre de la tierra, madre amable que venía a calentar el cuerpo entumecido de los mendigos y los viajeros?
Deberé volver a Oriente en busca del Grial, el polvillo de oro flotando en el crucero, como en un templo, de la estación, los ojos de una niña que fotografié, los montoncitos de azafrán y canela, los colores de las frutas tropicales, los panales tronzados, chorreantes de miel tornasolada. No existe país alguno similar. El mundo fue de blanco y negro hasta que los dioses inventaron los colores y decidieron derramarlos por las ciudades de la India; Shiva, la de los múltiples brazos, cubrió de sangre y azafrán el ara donde dormía el linga, colmó de flores los templos, regaló los tintes del otoño en que vivían los dioses a las ciudades, los derramó por las madrugadas de todo el país.
Mucho en la vida es volver a ayer, a los momentos fugaces que tuvimos la suerte de encontrarnos, momentos magníficos de gracia, de emoción contenida bailando en el pecho. Volver para saber que aún es posible, que las mañanas y las tardes pueden todavía rozar la presencia divina de lo que buscamos; podemos esperar, provocar, ir tras el momento en que nos encontraremos con ese nosotros mismos que se nutre de los regalos esporádicos de los dioses: en la selva, el río despertando de la noche con su alfombra blanca entre los árboles, el vapor de la tierra flotando perezoso entre las garras robustas y mortales del matapalo, entre los espinosos troncos de las ceibas; en la ciudad, la pátina del tiempo, el trajín de la vida y la muerte, como en Varanasi, los restos de un tiempo ido, los muros y las fachadas de decadentes palacios, calles, como fruta en agraz, que sólo los años y el tiempo transforma, como venecias en ciernes, en herrumbroso y delicado lienzo en que apagar nuestra sed de ver y guardar, la honda emoción de lo que el hombre crea y la naturaleza bautiza; en la montaña, la ladera calma, dormida, intemporal, junto al tintineo de las hojas del bosque, el salvaje derrumbe de un cielo de tormenta, la seda azul acostada entre la calina añil del valle, la noche magnífica, profunda como un pozo en cuya hondura titilan las estrellas; en el mar, donde el agua besa la arena cerca de nuestros sacos de dormir que nos protegen del frío de la madrugada, el beso de la brisa que aligera nuestro sueño y nos hace abrir los ojos para decirnos que estamos vivos, que el mar, el viento, la arena, las gaviotas revoloteando a nuestro alrededor certifican que estamos vivos.
Viajamos hacia Tegucigalpa, Tegu, que dicen aquí. Viajar, camino duro tantas veces, búsqueda. Ir al encuentro de las armonías, las estructuras, los colores, las formas, las texturas; abrir los ojos, husmear tras la poesía de los caminos, el calor multitudinario o silencioso de las calles. El alma de los viajes no aparece en las guías, yace escondida tras la esquina de cualquier calle, agazapada en las horas privilegiadas del alba; te tropiezas con ella sin buscarla, basta con estar atentos, vigilar ese tránsito por la tierra para que no se escape eso que estuvo ahí esperándote durante mucho tiempo, a ti, sólo para ti: realidad multivalente de muchos brazos, tronco de muchas ramas.
Y soñar. Y recordar, mientras el bus atraviesa las montañas, mientras suben y bajan pasajeros. El aire me golpea, me llena la cara de brisa y campo verde.
Viajamos por Nicaragua, no debe de quedar mucho para llegar a Managua, desfila ante nosotros un país verde lleno de hondonadas y largos valles; de vez en cuando se ven bandadas de garzas, los poblados pequeños se suceden, llevamos ocho horas de viaje, es agradable alternar la lectura, la escritura, comer algo, dormir un rato dejando a los ojos cerrarse frente al paisaje que pasa. La blandura del contacto de las teclas del portátil es ideal, y mirar fuera mientras los dedos siguen su trabajo en el teclado un lujo. Ahora pasamos por un llano pleno de frutales. Hoy, no sé por qué este viaje parece haberme depositado en un mundo nuevo, ¿será que Nicaragua me cae bien, que el sandinismo dejó por aquí otra manera de entender cómo se puede hacer política? No sé, de hecho el paisaje está muy poco poblado, hay una comunicación silenciosa con el mundo que va pasando, incluso con las nubes, un enorme cumulonimbo blanquísimo que asoma la cabeza por detrás de una montaña. El campo y las laderas están cubierto por árboles no muy altos que se alternan con pastos o con algún que otro maizal; siempre atravesamos algún campo de fútbol improvisado, la fiebre del fútbol es universal.
Cuando uno, pensando en América Central, oye hablar de Arundati Roy (un correo de hoy que nos llega de nuestra amiga Gloria), la impresión que le produce por dentro es que este mundo de bestias no tiene solución. Hoy por la mañana leemos en grandes titulares en La Prensa, de Managua, que un reciente presidente (Alemán, se llama) y su familia entera se apañaron (robo sin más) mil millones de córdobas, es decir el equivalente del presupuesto de sanidad de este país. Todos gozan de inmunidad parlamentaria. Inútil en esta tarde de calor sacar conclusiones de ningún tipo, sólo dolor de tripa. Hace un par de años dejé sin concluir un libro que versaba sobre el estado de despilfarro y corrupción en la India, era un libro desalentador. Meses atrás, con la idea de ponerme al día sobre los países de América Central leí a Manuel Leguineche y, confundido por el título: Viajar, con un subtítulo que parodiaba a Lowry, Sobre el volcán, me enfrasqué en una historia de violencia y despropósitos que estaba fuera de mi ánimo lector de aquel momento. Aun así terminé con el libro. Pese a mi instinto, que me hace rehuir la información de lo que pasa regularmente en el mundo, la verdad es que el mazo de la realidad termina por caer en algún momento sobre una conciencia mal preparada para digerir tantos opuestos irreconciliables. Asusta encontrarse con rincones del mundo, husmear la calle al principio de la noche. Uno abre la guía y busca datos: Renta per cápita, en Guatemala, por ejemplo, 3900 dólares. Es un dato, 2700 en Nicaragua, donde el aspecto de la ciudad es bastante limpio y aseado. Pero paso las páginas y me encuentro con algunas cifras del recién nombrado presidente de Colombia: una renta de 1700 dólares. Es mejor ahorrar el resto de las circunstancias. Los españoles sembramos la semilla, además de diezmar la población; Colombia según datos de Chomsky encabeza la lista de países con mayor ayuda bélica proporcionada por Estados Unidos. Pero ni siquiera así, ni con toda la sangría producida durante siglos es posible entender los mecanismos de la pobreza y la expoliación con aproximación. Es desalentador comprobar que uno puede dar la vuelta al mundo en cualquier sentido, llenarse los ojos de imágenes, de miradas, de gente, aglutinar dentro de uno millares de circunstancias y encontrarse que a todo aquello es difícil darle un significado global, buscarle una posibilidad de enderezamiento. Porque no se puede hablar sólo de nivel económico.
Tras una larga demora en la frontera Nicaragua-Costa Rica de nuevo en la carretera. Comida de ataque en el bus: muslo de pollo, raspaduras de repollo y plátano frito como la suela de un zapato. Volvemos a la selva, el paisaje se abre a ratos. Llueve.
Escribía ayer que no se puede hablar sólo del nivel económico. Después nos fuimos al teatro. En la calle no es fácil ver gente que no sea de color, anoche, sin embargo, el 17%, la totalidad de la población criolla, los blancos de aquí, pareció congregarse en pleno, y de gala, para asistir al espectáculo del ballet Bolshói. Con la entrada suministraban una notita indicando muy taxativamente qué se podía o no vestir en tal ocasión. Algo parecido nos sucedió en un espectáculo folklórico en Ciudad de Méjico cuya entrada superaba también los veinte dólares. La cultura y el dinero se reproducen a sí mismos. El trabajo de aprender más sobre esa tendencia generalizada que parece nacida de las manos de un salvaje darwinismo social es difícil. Al hilo del comentario de Gloria, recuerdo haber leído un par de artículos de Arundati Roy relacionados con las maneras en que el dinero se mueve en la India sin parar mientes en arrasar pueblos enteros para obtener pingües beneficios. La canalla internacional es igual en todas partes.
Pero también hay que apuntar otros interrogantes. ¿Por qué estas poblaciones o aquellas viven durante siglos en especiales condiciones desfavorables mientras que otras, más activas, más imaginativas logran encontrar, aun desde una extracción muy baja, el camino hacia una vida mucho más armónica? Hablando en términos generales, ¿habrá en la forma de ser de los pueblos indígenas hábitos, características, que marcan también una continuidad en sus modos de vida? Y pienso en los inuits de Alaska y de las costas del Océano Glaciar Ártico, los mapuches de Argentina, los huiloches de Chile, las gentes del Tibet, los parias de la India. Y situados en la India hay que apuntar necesariamente, igual que en Latinoamérica, a la importancia de las creencias religiosas, y tratar de ver la parte que le corresponde en el resultado general. Y ahora que justo encima de mi cabeza se oyen tiros y más tiros (siempre las televisiones rebosando violencia), me pregunto si este círculo descerebrado de los medios y los entretenimientos sin salida (aquí hubo una guerra en el 69, llamada del Fútbol, entre El Salvador y Honduras), como pasto de masa, no tendrá, estará teniendo un papel relevante en la dormidera general. Ya vimos lo que sucedía en Guatemala con la visita del Papa.
Y del ballet, todas las alegrías de los encuentros y la elegancia, los sentimientos suscritos unos tras otros por la cristalina continuidad de los movimientos. Dócil el cuerpo en la cresta de una ola, ave gozosa, juegos de agua y aire y música soplada en turbulencias desde el proscenio. Y el círculo brioso y rítmico en un traje de muselina, como potro encabritado retenido por la fuerza y la pasión de la contención, músculos, nervios, juegos. Levedad, alegría, autodominio, ligereza, naturaleza grácil de los cuerpos y las sensaciones.
Y en medio de la oscuridad, dentro de su cono de luz, la emoción manando de la gracia de estar ahí, en medio de un bosque, sentimientos, ternura, tirando del espectador para llevarlo bajo el palio del bosque nocturno, junto a la clapa donde se congregan las aves y el rumor del agua para acoger a la mujer que danza, al hombre que sostiene el cuerpo blanco; el gozo del encuentro aleteando melancólicamente al final de la fiesta de la noche que termina.
Después de un viaje de casi doce horas, peregrinamos a la búsqueda de un hotel que se adapte a nuestros gustos y presupuestos. Encontramos al fin una bonita perspectiva, un balcón que da a la Avenida nº 2; salimos a pasear, y de pronto ya no estamos en América Central, no la América Central que hemos vivido desde que aterrizamos en Ciudad de Méjico; son el conglomerado de animadas calles peatonales que conocemos en la Europa mediterránea: apañadas, agradables, placenteras de pasear. Chequeamos el correo, nos vamos de paseo y nos encontramos con un anuncio: Tosca, Jacomo Puccini, última representación esta misma tarde, el espectáculo comienza en una hora. Una carrera hasta el teatro. Una banda ancha blanca cruza el cartel donde se anuncia la actuación: localidades agotadas. Nos vamos a tomar un piscolabis y volvemos enseguida a la puerta del teatro. El mismo ambiente de gala que ayer noche con el ballet Bolshoi en Managua, pero menos provinciano; rondamos a los hombres y mujeres que se acercan a la puerta. Cuando faltan diez minutos hay mucha gente nerviosa con las entradas en la mano esperando a la pareja, a un amigo; preguntamos, nada. A las ocho, empiezan a cerrarse las puertas, Berta insiste a un muchacho que ya no sabe donde poner sus nervios y que no hace otra cosa que mirar el reloj. A lo lejos aparece el amigo esperado por fin. El vestíbulo está vacío. Bueno, dice ella, vamos a tomarnos un café a la salud de Puccini, y salimos andando hacia la calle. Cuando empezamos a alejarnos un hombre se acerca apresuradamente a nosotros y nos ofrece dos entradas; ni siquiera hace intención de cobrarlas, salimos corriendo; la puerta está cerrada, nos abre un señor de librea, le miro con cara de cordero recién salido del matadero, le digo: ¿nos dejará entrar, por favor? Trepamos corriendo la escalera. Eso mismo, las primeras escenas de Fitzcarraldo, de Wernerg Herzog subiendo las escalinatas del teatro de la Opera en Managua. Llegando al tercer piso oímos ya los primeros compases de la obertura. Desde nuestras butacas la visibilidad no llega más allá de la mitad del escenario. Pero estamos dentro, en el interior de una catedral, el pintor Rodrigo y el sacristán inician su parlamento; Tosca, celosa a rabiar rastrea el escenario buscando una voz que oyó mientras se acercaba a su amado. Y ya tengo tiempo para mirar esta pieza de museo donde no cabe un alma más, teatro pequeño, acogedor, decimonónico. Cuando comienza el segundo acto me escurro hacia la barandilla tapizada y encuentro la manera de seguir el espectáculo de rodillas con el cuello asomado hacia el foso. Sí, señor, ver a Puccini de rodillas, toda una metáfora; la orquesta debajo de mí, paseo a ratos la vista por el público, por las filigranas del techo, por la escena colorista, recoleta, apretada, llena de sabor de época. Y suena, lo esperaba desde hacía un largo rato, aquello de mísera que canta Tosca y que tantas veces oímos a la Callas y a la Kiri Te. Me sube un escalofrío por el cuerpo; los espectadores aplauden frenéticamente, la orquesta debe pararse. Y en el acto tercero el aria, un hermoso canto a la vida de Rodrigo, que espera ser fusilado aquella madrugada. Y un final apoteósico lleno de vítores y saludos junto a una emoción genuina que transmite la satisfacción de un público agradecido.
Anoche volvió a abrirse la tierra en mitad del silencio; y la tierra gimió y lloró, débil primero, como saliendo del sueño, como resistiendo un dolor impostergable. Ahí desperté, cansado, embotado de viaje y kilómetros, al borde todavía de un aria de Puccini, sin saber aún de qué parte del sueño estaba. Había un tráfico ligero en la calle, un rumor de trompas, la vibración templada de un contrabajo; y entre unos y otros, en compases espaciados, el vagido, noche, la tierra, apenas audible pero poderoso, nacido del fondo, tenso, estirado, del grito, del único grito que nos redimirá de la soledad y el dolor; grito de carne e infinitud ahogado entre los brazos, la carne del otro. Y las olas, y las arremetidas del viento, el agua rompiendo con una brevedad salvaje contra la playa, arrastrándose enseguida con infinito deseo por la arena fría, por la arena cálida, por los muslos anhelantes para caer desfallecida, convulsionada, como pez fuera del agua, sin aire. Silencio, rumor lejano, entrechocar de espumas. Y regresar al mar,agarrarse al encaje de otra ola y rodar de nuevo al humedal de un nuevo ciclo, crecer en el deseo y en el dolor, dentro, al fondo, desaparecer el agua en el agua mientras la noche dure. Los músculos tensos, tropel de caballos, rumor de alas, dolor, rodar por la arena, hacerse encaje blanco, exhausto; dormirse en la arena abrazado a la tierra.
En la habitación de al lado se celebraba el rito de la vida. Espectáculo libre ygratuito, tierno, al que es imposible no sumar la tierra y el agua de otros mares, para a su vez volver a amanecer al fondo de la noche, abrazados y dormidos junto al blando encaje del alma que duerme sobre la hierba.
Al mediodía ya no era mata de pelo ni pasión de agua luchando en los brazos de la tierra penetrante; era mujer entera, era necesidad de compartir la soledad, forma, carne distinta, ojos diferentes, mirada amorosa, refugio. Los gemidos de la mujer de la noche que me sacaron del sueño, acrisolan mi ser, establecen la primacía de los yos que se cruzan, que han de entenderse, abrazarse para rodar por los ciclos de un tiempo sin un antes ni un después. Rodar.
Estamos en el Museo Costarricense. Los cuadros tarde o temprano terminan hablando ¿Por qué las cercanías de hombres y mujeres susurran siempre, dicen, cantan, hacen soñar historias, son como el horizonte inalcanzable del mar? Mirando algún lienzo pregunto: ¿de qué manera el rompecabezas de la existencia organiza algunas piezas en estos colores y formas? ¿serán imaginaciones mías? ¿Qué será eso que el pintor costarricense, Miguel Hernández, bautiza con “El secreto febril de la vida”? En una sala próxima el artista Herberth Bolaños pinta la sala de sonidos de agua y mandalas, las energías de la tierra son convocadas bajo el celaje de la fuerza invocatoria del hombre con la naturaleza, el hombre que medita y se deja bañar por los rumores de su propio corazón.
Por la noche, de nuevo en el escenario del Teatro Nacional. Un violín solista que interpreta Aires gitanos de Pablo Sarasate me vuelve a recordar el plañir de la noche anterior. La casa invita a un vino después del concierto: buen hábito en unos países donde cuesta ver donde está el vino.
San José-David (Panamá)
En busca de una emoción,
colores y timbres
brillos de ojos
la pulpa de unos labios
el brillo de un recuerdo despertado en la sala oscura de un teatro donde lloran lastimeras las cuerdas de un violín de barro y agua.
Búsqueda de mirar y ver
de oír el runrún del corazón,
las olas ruidosas del Atlántico
junto a la pajiza textura del campo
que rompe como el mar
contra el final de la tarde
llenando de polvo de oro los rastrojos,
de azul ceniciento el horizonte.
Viajo en autobús,
leo al poeta mejicano Jaime Sabines
miro los ojos dormidos de una mujer
el color de la mañana
los hilachos blancos sobre las montañas.
El Cuaderno amarillo de Salvador Pániker, que me compré ayer, espera paciente junto a mis rodillas a que la carretera salga de las tornavueltas de las montañas.
Llueve. El autobús atraviesa el corredor verde de la selva, se hace oscuro, como si entráramos en una cueva; huele a sudor y a campo mojado.
David-Panamá City, 13 de agosto
Ahora hace frío en el bus (aunque fuera la temperatura puede andar por los cuarenta grados), vamos por la segunda película, se ve un paisaje apacible y verde con nubes blancas sobre las colinas.
El currito de turno, eso sí, de corbata y camisa blanca, dice que el aire acondicionado está normal. Nada que hacer, pasar frío en pleno trópico mientras nos atosigan a películas: cosas de la modernidad.
Oigo a Couperin, leo a Pániker, el aire del ventilador baja con un zumbido regular hasta la cama donde escribo. A un sueño irresistible a las ocho de la noche ha seguido una fructífera lectura que busca entre línea y línea la afirmación, el matiz que venga a abonar la instancia de las propias creencias, a iluminar las intuiciones.
La tarde-noche se hace rincón de selva en donde revolotean las luciérnagas, algún personaje de Hombres de maíz remonta el espacio entre la realidad y la magia de un bosque de luminarias para alcanzar desde este espacio su lugar en la leyenda; tras él no hay nada, desapareció el viaje, el hotel, las calles plenas de resonancias, y sólo existen las voces y las páginas de un libro.
De golpe el libro me agarra por donde más puede, aunque lo interrumpe una cucaracha de color achocolatado y tres dedos de ancho, que se pasea como dueña del lugar por el suelo de la habitación; parece un gorrión inquieto, se da una vuelta y termina metiéndose debajo del armario. Salvador Pániker nunca podrá vivir la experiencia de esta compañía porque siempre se hospedó en hoteles de muchas estrellas. A Pániker no le habría venido mal bajar alguna vez de los cielos para encontrarse con la madre Tierra. Con toda seguridad su diario se habría enriquecido con ello. Hace algo más de una semana, en Guatemala (ahora que transcribo de mañana en un salón colectivo del hotel estas notas, se me planta a medio metro un ratón de ojos saltones y mirada curiosa... Mis recuerdos se fueron a Nueva Delhi donde en una habitación buhardilla con una simpática terraza, los ratones, que eran muchos, escalaban por nuestros macutos y nuestras botas y nos miraban como bichos de otro planeta; y no había manera de espantarlos, porque corrían medio metro y volvía a encaramarse al espectáculo de vernos leer en medio de una tarde calurosa. Pena que no podamos convivir en amistosa cercanía); en Guatemala, decía, sucumbí al instinto asesino de espachurrar discretamente a la primera cucaracha que me tropecé en el cuarto de baño; procuré que mis oídos permanecieran incólumes; con la papelera arrastre el cadáver, sin verlo, hasta un rincón. Media hora después volví al servicio y me encontré a tres más; entonces me puse a mirarlas, quise ser consciente del condicionamiento repulsivo con que nos acercamos a estos animalejos; desde mi trono de loza blanca me dediqué a observarlas; cuando permanecía quieto se acercaban a mis pies, movían sus largas antenas; nada por aquí, nada por allá, unos pasitos de ballet hasta situarse cerca del dedo gordo y volvían a pararse no sin antes echar una mirada atrás para comprobar que tenían el campo expedito en caso de peligro: el bote sifónico sin tapa, una ranura bajo el baño, un agujero en la pared. En días sucesivos me reconcilié con ellas. La última noche no las vi, las eché de menos. Siempre esperé inútilmente a que aquellas cucarachas echaran a volar, que es lo que sucedió en una ocasión en un hotel de Marrakech, cuando me despertó en mitad de la noche un sonido similar al que hacen las langostas cuando vuelan. Decía hace un rato —con tanto paréntesis uno pierde el hilo— que el libro me agarra precisamente allá donde estoy ahora mismo: “ninguna teoría tiene fundamento absoluto. O sea que uno escribe a tientas—piensa a tientas, añadiría yo—. Uno escribiendo trata de enterarse de lo que ya sabe”. Ergo, algo similar la lectura de esta tarde, la sensación de que leyendo uno se va enterando de lo que ya sabe.
La tarde comenzó con versos de Jaime Sabines, y lo que parecía ser un inevitable irse a la cama a recuperar sueño y a curar restos de agujetas se convirtió en lectura lúcida y en música de Chopin y Couperin. Y ahora me duelen los ojos. El cuerpo y la mente no se ponen de acuerdo y en consecuencia uno de ellos va a tener que ceder a favor del otro, así que apagaré la luz y dejaré a mis pensamientos vagando bajo el ventilador hasta que venga el sueño.
Tenemos que hablar del lenguaje. La idea se me acerca acompañada de la mano de Pániker. “El yo se construye a cada instante, de manera nueva. Lo que a veces más presiona es la necesidad de comunicación. El deseo permanente de comunicación precede al sexo. El sexo es lenguaje.” Y más: “Wittgenstein se refería a los hematomas que se producen en el entendimiento al tropezar con los límites del lenguaje. El lenguaje es la casa del ser, sentencia Heidegger” Y esto viene a cuento del convencimiento pleno de la necesidad de explorar los límites del lenguaje, el nuestro que es el que más importa, porque es obvio que estamos bajo mínimos cuando constantemente eludimos poner en palabras nuestro universo mental en forma adecuada. Cuando uno se encuentra formulaciones y análisis posibles, cuando en lo confuso se proyecta luz, es ineludible preguntarse por las razones de inaccesibilidad con que se nos muestran a nosotros, mortales también, el análisis, la clarificación de los asuntos.
Yo miro mi vocabulario, mis tics, y descubro siempre montones de quizases, de acasos, de términos relativos: a veces, probablemente. La inconsistencia de las ideas, no suficientemente trabadas, pensadas, tomadas así, coladas en nosotros sin apenas darnos cuenta, hacen estragos en nuestro lenguaje y engañan la supuesta seguridad que acompaña a nuestro ideario; de manera que lo que creemos pensar puede ser perfectamente un aire que vino, una negación que nos surgió, un panfleto que fabricamos para justificar a priori cualquier pensamiento o acción. ¿Sobre qué descansan nuestras ideas? ¿Y eso sobre lo que descansa, a su vez, en qué se apoya? Cuando se nos plantea algo para lo que no tenemos respuesta inmediata es fácil que echemos manos a cualquier cosa que ronde por allí al alcance de la mano. No tenemos tiempo, siempre hay cosas que hacer, uno no puede pararse porque corremos el peligro de quedarnos alelados en la esquina de la calle mientras el gentío se mueve incansablemente; y así nuestras “adquisiciones”, una tras otra a lo largo de los años, pueden ser pobres conjeturas precipitadas que no tuvieron tiempo para ser confirmadas, pero que van formando un espeso fondo sobre el que se acumulan otras “verdades”; exactamente como los corales, las verdades de abajo se volverán axiomas, se petrificarán y sobre ellas nacerán otras verdades improvisadas, y otras y otras.
Las mentes claras funcionan de otra manera, levantan su universo lingüístico de un modo más sólido e inteligente. Los hábitos del pensar y de expresar las ideas y los pensamientos obligan a una gimnasia mental temprana; también las intuiciones tienen mayores posibilidades de autenticidad, optan por una matrona más polivalente, la experiencia de la que nace es más rica.
¡Rehuímos el esfuerzo tantas veces! Pasmados ahí frente a la interpretación de la realidad, carentes de medios, al final los nosés como colofón de otro tren perdido. Es la historia de una parte de la humanidad, de una parte de nosotros que no encontró todavía la manera de hallar tiempo y ganas para expresarse a sí mismo y para interpretar la realidad inmediata. Hábitos pasivos que hay que intentar descartar, primero, para evitar esa clase de hematomas de que habla Wittgenstein y, después para poder llevar a término una buena comunicación con nosotros mismos y con los demás.
Más allá del sexo no hay nada
el sordo extravío de la soledad
el silencio.
Más allá estoy yo, mi nada anhelante
tensa
bañada de ti,
el frío viento doblando las cañas verdes de las gramíneas.
La Habana. Noche. Un sexto piso. Temperatura agradable, una ligera brisa se cuela por la ventana. Un par de conversaciones en la calle, fachadas fotográficas; la pátina del abandono de los edificios hace maravillas, restos de tiempos mejores por doquier; como si la gente de los barrios pobres se hubiera mudado a la calle Serrano cincuenta años atrás, aprovechando la oportunidad de que los moradores anteriores hubieran huido precipitados en el mar o en río Manzanares.En el malecón, sentados en un banco de madera, charlamos largamente con un hombre de setenta años; ellos mismos no parecen superar sus propias contradicciones: el amor a Fidel que les trajo la salud y la educación gratuita, frente a la falta de libertad y la carencia de los bienes de consumo más elementales.La parte de la ciudad que recorremos tiene el aspecto de un barco que se hunde poco a poco, quizás desde hace medio siglo. Me recuerda alguna de las calles de la India. El bloque en donde nos albergamos tiene, por el contrario, mucho parecido con la casa que habitamos en Moscú hace unos años. Los locales que ofrecen los productos vendidos con la cartilla de racionamiento son muy similares a la que conocimos en Eslovaquia y en otros países del Este hace ya unas décadas: curiosa coincidencia.Lo más importante: gente cálida y amable, franca, solamente un hombre maduro sentado a la puerta de su casa se negó a ser fotografiado, el resto: hombres y grupos de jóvenes y mujeres mostraron gusto en ello. Un excelente muestrario fotográfico en todo caso.
* * *
No, definitivamente no. Sí a los cubanos pero no al sistema, no a esa idea de que los turistas sean abultadas billeteras llenas de dólares que hay que asaltar a toda costa. Cinco euros los extranjeros, veinte céntimos los cubanos, para entrar a ver museos que exhiben cuatro cosas; todo es un poco así. Paseos insignificantes por Sierra Maestra, que desde luego no será el Parque Nacional de Ordesa, casi los cincuenta euros por persona. Crazy! Leo toda la tarde sobre los cien últimos años de la historia de Cuba.El Che debía de entender de muchas cosas pero creo que no comprendió, igual que no comprendieron los rusos, que el hombre no sólo vive de incentivos morales, de ideales —y menos las masas—. Se cargaron los negocios, las pequeñas empresas, también una parte notable del trabajo de la tierra, se burocratizó la vida. A partir de determinado momento había que poner en el norte de cada uno un dudoso bien general.Mirando la calle es difícil saber de qué vive la gente. Desaparecieron los mercados, los vendedores callejeros, los pequeños negocios, se ve mucha gente vagando por la calle; la población de La Habana vive sentada a las puertas de sus casas. El dinero no se mueve, no se puede mover porque no hay. Los dólares son requeridos ansiosamente en todas las esquinas. La época de pedir los bolígrafos por la calle persiste aquí como un hecho sociológico fosilizado que creíamos había desaparecido en el Moscú de los años setenta. Tiendas de dólares y tiendas de pesos. En las de pesos, nada, apenas nada; en las de dólares bastantes más posibilidades. Ergo, conseguir dólares, si no tienes dólares sólo comes frijoles y arroz. Nos encontramos una pareja de aspecto aseado, indagamos, tienen treinta y cinco años, la revolución cuarenta y tres, no han conocido otra cosa, disfrutan de quince días de vacaciones cada seis meses, pero lo único que pueden hacer es sentarse a la puerta de casa, no hay indignación, no saben, no han vivido otra cosa. Visitamos una escuela: la foto de los héroes de la revolución en el centro, un busto de José Martí preside el vestíbulo, el Che desgreñado de siempre un poco más arriba, algo más ostentoso que los retratos de Franco en nuestros mejores tiempos: la escuela está en pleno centro, casi como un stand más para el turismo (no tiene mucho objeto la puerta de una escuela abierta en plenas vacaciones, puesta ahí como piso piloto). Hablamos con el encargado... parece la voz de su amo.Al final de la tarde el gusto por el pintoresquismo de las calles queda parcialmente anulado; la pátina del tiempo, los colores, la gente sentada en los portales, el mundo afrocubano despreocupado y amigable, desaparece el impacto de lo nuevo.Perdieron muchos años, ahora tienen que redescubrir otra manera de hacer economía, fomentar la iniciativa privada, dejar que el dinero se mueva.Mientras caminamos conversamos sobre la libertad. Llevamos treinta años hablando de libertad, el tema es inagotable. Amamos la libertad, es requisito indispensable para vivir con dignidad. Habría que hablar también del hambre y del reparto de la riqueza, también; pero cada vez creemos menos en la bondad innata de nadie, personas o entidades, parece como si la verdad última fuera que a los individuos sólo les salvara su propia fuerza, sus potencialidades puestas a bregar contra la adversidad. No se pueden olvidar grandes consecuciones, pero es evidente que Cuba es un barco que hace aguas desde el punto de vista de aspectos fundamentales del ser humano.Es imposible dejar de proyectar sobre la realidad cubana el hecho de nuestra realidad en Europa, nuestro sentido de la vida y la libertad. No me siento a gusto en este país, mis expectativas quedaron rotas. Los autobuses y trenes reservan plazas para los turistas, con un precio veinte veces mayor. Me siento como en esos buses que había en Estados Unidos o Sudáfrica en donde los negros y los blancos ocupaban distintos lugares. Los turistas somos de color verde, de aspecto algo sobado, papel moneda con numeritos en las esquinas, en las orejas, que dicen 5, 10, 20, 30 $. Las instituciones, las iglesias, los museos, los medios de transporte, la entrada y salida del país no te miran a ti, miran tus orejas verdes, el panzudo vientre de un célebre personaje americano con el letrero encima de The United States of America.Cuarenta y tres años de ausencia absoluta de libertad son demasiados años. El entusiasmo que generó la revolución se ha ido enfriando hasta convertir este país (da lástima decirlo) en un lugar insufrible, un galimatías a la caza del dólar en donde participa no sólo el estado sino la población en pleno. La verdad es que estamos saturados. No hay persona con la que hablemos que no quiera desfogarse con la suelta de todos los despropósitos del sistema.Esto no está hecho para nosotros; hoy se nos pasó por la cabeza la idea de adelantar nuestro vuelo camino de Venezuela. No sabemos qué resultará, o si encontraremos libros lo suficientemente interesantes como para tumbarnos en alguna playa cercana donde el amanecer y el crepúsculo pueda dar parte de nosotros.
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Hablo con Jaime Sabines. Si me preguntaran diría que sí, que esas cosas tarde o temprano las pienso. En el revoltijo de lo humano cabe todo, toda clase de días, los ruidos nocturnos, la tristeza, los anhelos que bajan del cerebro al bajo vientre, la sinopsis universal, la esperanza de un gesto; fornicar, al cabo es como intentar atravesar el más allá, ese trozo de infinito que nos sugiere la exploración de otro cuerpo, ese que apenas existe más que en deseo pero que creemos atajar con la plena energía de nuestra obsesión. Quizás centrando en ello buena parte de mi energía logre ir engañando a mi propia clientela anímica. Primero fue Dios, inconmensurable fusión mística con una idea imposible, después fue la mujer representada por la mitad del género humano, vestida con los atributos de la liturgia, del rito que nos adentra en el camino al otro lado de nosotros mismos.Deja que la vida entre en ti. Se podría hacer una gran trenza con las citas con que poco a poco vamos hilvanando la correspondencia de este verano.
Trato de recordar lo que escribí ayer, hace dos o tres días y realmente no lo recuerdo, es como ver pasar paisajes y pueblos durante cientos de kilómetros, se pierde la memoria puntual, las sensaciones se globalizan, desaparecen los detalles. Lo escrito, el paisaje que pasa, tiene la importancia del hecho de ser en el momento, como una flor que se abre o una nube que pasa. ¿Qué dije ayer? No lo sé, no me acuerdo. Me gusta, es buena señal, es puro presente. Me percibo instrumento de mi propio impulso, una más de mis secreciones, de mis humores, las ideas y los pensamientos agarrándose al bolígrafo o al portátil para mostrar allí el espectáculo de su devaneo transitorio y evanescente.
¿Será verdad eso de que ni el pasado ni el futuro existen? Lo dijo Einstein, y no hablaba metafóricamente: “La distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión”. Vendría ello a cuento de esa sensación de provisionalidad que produce la escritura, de nube volatera que dura el instante de un soplo, cuando apenas transcurrido unas horas ya soy capaz de recordar tan sólo el brumoso y bello perfil de su aureola blanca, el empaste azulino, la aguada que se disolvió en grueso papel de la acuarela. Dejar al pasado como figurante, testigo nominal tan sólo de nuestro paso por el tiempo,sería deseable de cara a inventarse un permanente y recreado presente; pero poder abolir el futuro sería el espaldarazo genial que nos liberaría del sentido mercantilista del tiempo, nos liberaría de la angustia de la acumulación de los actos proyectados, de nuestra enojosa sensación de inabarcabilidad que impone el hecho de compartimentar la vida en cajones de veinticuatro horas y en armarios de trescientos sesenta y cinco días.
Leo esta mañana: “meditar es abolir el tiempo”, y recuerdo que durante estos últimos días usé bastante esta palabra a la sombra de otra parecida, mística, por ejemplo. Y me imagino que mi mente (¿cómo coño llamar a esta cosa, espíritu, mente, cerebro, alma?) se guía por el olfato, va de acá para allá como esos animales que buscan el agua en el desierto con el sexto sentido de la intuición; es una búsqueda imprecisa de chucho olisqueando en los neumáticos de los automóviles los caminos de la verdad que tocó sondear ese día. La ilusoria pretensión de tener acceso a la eternidad, de las religiones, nace de una estéril ambición depoder, de querer trascender al tiempo, a la vida, al presente; nace de una frustración que no sabe rascarse las pulgas o disfrutar del sol dentro de la humildad de su condición.
Meter las narices en estas cosas hoy, es el resultado de un día tranquilo de pacer en los estrechos límites de una habitación, habitación balcón esquinera a una calle múltiple y variopinta en donde el paisaje humano se metamorfosea desde el alba hasta la noche, los coches muestran a claxonazo limpio sus prisas, los viandantes y los puestos —cientos por todos los lados— conviven como partes integrantes de un mismo organismo vivo. Límites de habitación en donde tan pronto suena Brahms, como Oscar Peterson, bailan alegres las notas de piano de las sonatas de Beethoven, o pasan, hoja tras hoja las páginas de los libros. Día de asueto, de presente continuo, ese que surge como idea dominante para un día de postconvalecencia preventiva.
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Las cosas se presentan como si siempre estuviéramos indagando la manera de decirlas; no la manera de escribir el discurso sino el tono, las condiciones de intimidad, proximidad, objetividad que estableceremos para ponernos en comunicación.
Guiado por esta idea ayer compré Charlas con Troylo, de Antonio Gala, un señor que no goza de mis simpatías, pero que leí con gusto una temporada en el dominical de El País en sus devaneos por la realidad a través de las charlas con su perro. Ese filón que encontró Marisa con sus historias del Fusi, el interlocutor fiel a quien dirigirse, nuestro compañero solitario, paciente que se sienta en el regazo a escuchar historias o a oír el diálogo con nosotros mismos. DiceAndrés Amorós en la introducción, que escribir, siempre, es escribir una carta a alguien. Al ponerse delante de la hoja en blanco, el escritor, está empezando a charlar con alguien, que es quien determina el tono. De ahí la importancia de encontrar, de inventar, un interlocutor adecuado. El otro día, en Panamá City, estuvimos viendo una colección de serigrafías de Hokusai, el leitmotiv era la permanente presencia del Fuji Yama al fondo, variaciones sobre un mismo tema por las que desfilaban el mar, los campesinos, la gran ola, los pueblos; parecía como si el interlocutor de Hokusai fuera aquel cono que se desvanecía en alguna parte del cuadro. Ayer nos tocó ver una amplia selección de grabados de Picasso: el Minotauro, las energías desbordantes del hombre, su sexualidad, su ser pequeño conducido de la mano por una niña; el taller del artista, una disculpa para mostrar la fuerza de la feminidad, la ternura, la virilidad creadora; es conmovedora la presencia simultánea en estos grabados de dos seres aparentemente tan diferentes, siempre una pareja, él (el artista seguramente): largos cabellos, viril, rostro inteligente, como buscando en el infinito la hondura de su propio ser, tierno, amante; ella: eternamente femenina, delicada, ser perfecto, armonía que todo lo ensambla, recostada en el regazo del hombre, ambos sumidos en la contemplación intemporal de un tiempo sin tiempo. Junto a ellos, cuatro grabados titulados La violación, costaba averiguar qué era aquello: fuerza, energía, pasión: sólo líneas y la insinuación de unas formas congeladas en un instante que queda grabado en la retina como expresión convulsa de una naturaleza violenta y salvaje.
Hay que admitir que con frecuencia nos vienen de perlas las convenciones sociales, algo estructurado y ordenado donde todo el mundo conoce el lugar en que debe colocar los pies; últimamente creo que no es un mal en absoluto, más bien tiendo a pensar que constituye un excelente trampolín para hacer casi siempre lo que queramos; tiendo a ver precisamente en la ingenuidad de esa sociedad, en sus planteamientos simplistas y su medir con el mismo rasero a una gran parte de los individuos, una oportunidad que deja bastante espacio a los locos de atar, con tal de que seamos capaces de hacer el juego a las convenciones. En el momento en que uno no hace lo que los otros, ya es un raro, ya no saben qué hacer contigo porque no tienen elementos de juicio. Ya no hay hogueras, y, además, el peso de la mediocridad contribuye a descafeinar la percepción; igual que la falta cada vez más de gente con narices para hacer una huelga, enfrentarse a una injusticia, dar un buen grito cuando es necesario; de la misma manera ese estrato social, que es el que puede molestar en la cercanía, terminará diluyéndose en su vida gris; nada que pueda molestarnos.
Hoy pasamos el día en olor de masas. Un millón de personas en la calle para apoya al presidente Chávez. Ambiente denso, inconográfico, lleno de pasión.Los problemas sociales y políticos, la necesidad de organizar la vida de los pueblos en un entorno civilizado y justo, es un debate apasionante que está en Venezuela a las puertas de la calle. Contagia la calle, contagia el ver tanta gente moviéndose por alcanzar una verdadera distribución de la justicia. Después de dos horas la voz de Chávez sigue retumbando por la megafonía a lo largo de una gran avenida que acoge a este millón de simpatizantes. Volvemos a ejercer de fotógrafos, retratos, banderas, el Che en las mentes y en las pancartas de cientos de manifestantes. Nos abrimos paso entre miles de personas, necesito hacer unas tomas de esta masa humana enarbolando sus enseñas. Miro a lo alto de una fachada donde ondean parsimoniosamente los emblemas, hago varias tomas. Termino por descubrir una manera de escalar por la fachada de un banco los ocho o diez metros que necesito para obtener una perspectiva sobre el gentío. Desde arriba me echan una mano, me hacen un sitio sobre una viga, me siento, saco las cámaras, me queda la luz precisa para unos pocos planos generales, gentes levantando las manos y las banderas vitoreando a su líder, Chávez, un líder que a estas alturas produce la sensación de no saber ya qué decir. La gente sólo necesita oír su voz, la verificación de que la esperanza se tiene en pie; la afirmación de que con este hombre, extraño líder metido en traje de campaña, hombre de verbo escaso y reiterativo que combina la arenga demagógica con la llamada a la unidad, que repite las mismas consignas sin encontrar la manera de terminar con aquello, la revolución será posible. Vemos a hombres y mujeres saltárseles las lágrimas, Chávez echa mano del melodrama, expresa su vocación internacionalista, sólo es agresivo con el tribunal que declaró que en Venezuela no había habido un golpe de estado.
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De mi lectura hoy de Pániker, Cuaderno amarillo... con ser tan interesante. La clase de gilipollas que se compra la ropa en Londres y se hospeda en el Palace. Cuidado con el señor Pániker en sus lindes con la pijotez; atención a la elitecracia endogámica que perora desde los mejores hoteles o desde el barrio de Pedralbes y sus similares.
Hoy parece un pavo meneando la cola:
-¿Esa chaqueta la compraste en tal, verdad?
Y además lo refleja en el diario... y lo publica... para que se vea con qué tipo de gente se relaciona, siempre V.I.P.
Fatuo.
La música tiene que ser interpretada por éste o por el otro. Bien a Gleen Gould en El clave bien temperado, pero mal en las variaciones Golberg, o al revés. Ese aire de pontificación que le sale de tanto en tanto, me recuerda la ingenuidad de un preadolescente pavoneándose delante de las chicas de su clase.
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Estos días hago ejercicios de presente. Viajamos hacia Chichiriviche.Sólo existe este instante, me digo, y miro por la ventanilla. El micro en el que vamos tiene unos bafles de más de medio metro cuadrado en el suelo (no exagero) y suena a toda pastilla, los decibelios entran por los oídos y bajan y suben por todas las células del cuerpo. Mi primer gesto fue de enfado, hice un ademán de coger los tapones de cera que siempre tengo a mano, pero en el momento que iba a tomarlos descubrí que la mujer que llevaba al lado tarareaba el tema que sonaba; me detuve, decidí que eso era más presente que intentar huirlo, o que cabrearme. La gente lleva esta música dentro, no puede estar quieta, tararea, mueve los pies; yo me empeño en volar a mi propio planeta cuando el presente está ahí, con la música, con la mujer de al lado, con el niño grande que lleva en brazos, con el paisaje: no existe dentro de un rato, me vuelvo a decir. Creo que me va bien, de vez encuando arranco de aquí o de allá un poquito de sabiduría y me hago un sandwich con ello. Pero hoy, nada de tomar un tema concreto, me lo prometí esta tarde.
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Chichiriviche
Delia, la dueña del lugar donde nos albergamos, es una mujer arrolladora, con una vitalidad tan grande que a poco de conocerteparece que te absorbiera y tú ya no pudieras decidir qué velocidad de ventilador poner, si dejar la ventana abierta o si correr la cortina. En los cinco primeros minutos después de haber entrado a su posada ya había desplazado a dos chavalas alemanas a la habitación de al lado, nos daba la posibilidad de ir a la que se supone iban a desocupar, nos había vendido el paquete turístico de su hijo Andrés (barca por canales, manglares, cayos, etc.) y había decidido dónde íbamos comer (de frente, el mar, a la derecha, unas pizzas, pescadito, riquísimo...), todo en un tono de alegría y felicidad perpetuas acompañado de una expresividad manual fuera de lo común. Horas después salíamos a cenar huyendo de sus recomendaciones como quien huye del diablo. Es una mujer capaz de ocupar en la memoria todo el lugar que podríamos reservar a Chichiriviche, los cayos, los corales, el pescadito rico que nos comimos...
Hoy había una poesía de Dámaso Alonso en el correo de Marisa. Versos que uno no sospecha en este poeta:
Estoy vivo y toco.
Toco, toco, toco.
Y no, no estoy loco.
Hombre, toca, toca
Lo que te provoca:
Seno, pluma, roca,
Pues mañana es cierto
Que estarás muerto,
Tieso, hinchado, yerto
Toca, toca, toca,
¡Qué alegría loca!
Toca, toca, toca.
(Dámaso Alonso)
Coro
Esta tarde hicimos una escapada a las lindes del desierto, una mirada sólo para ver cómo se escondía el sol en un horizonte incierto en donde la línea nítida y recta de la tierra oscura parecía entreverada a los reflejos de un mar lejano. Nos pusimos a andar rápido pensando en que nos diera tiempo a llegar a aquello que se mostraba como mezcla de agua, islas, tierra; pero las referencias en el desierto son siempre engañosas, no sabes si hay dos kilómetros por medio o cincuenta. Efectivamente se nos hizo de noche, aunque pudimos rescatar un par de diapositivas para nuestra colección. De vuelta a la carretera tuvimos suerte, una camioneta nos devolvió a la civilización. El conductor, además de regalarnos con una conversación amena, nos despidió, ya en Coro, con un oloroso melón entre las manos. Mañana intentaremos madrugar para recorrer las dunas de parte de este minidesierto que llaman Parque Nacional de los Médanos. El desierto siempre me pareció uno de los paisajes más fascinantes de la Tierra.
Se acabaron los ventiladores y aparecieron las mantas. Seis de la mañana en Hotel Italia, donde no había habitación en una primera mirada al vernos a través de un reducido ventanillo, pero en donde sí había habitación, mejor pensado, a través ya de un espabilamiento más avanzado del encargado. Efectivamente hace fresco. En el bus, la misma historia de otras veces, aire acondicionado para ponerse jersey, que no tenemos; nos quitan la luz individual, oscuridad total, frío, once horas de viaje francamente desagradable precisamente por ser clase de lujo. El lujo se entiende así: frío porque fuera hace calor, servicio totalmente a oscura, televisión que no se ve con película empezada, con película que dejan sin terminar; la sensación de ir enlatado en la noche como borrego entre barrotes de hierro.
Los Nevados
Los Nevados: pueblito en los altos del valle que lleva al pico Bolívar y al Humboldt. La regresión de las nieves va desertizando las montañas; no son el tipo de picachos que la imaginación asigna a los cinco mil metros de altura, pero el paisaje es hermoso, adusto; grandes montañas que recuerdan el abrupto mundo del Tibet. Las laderas han dejado de cultivarse: dos, tres pueblos dispersos. La pista es estrecha y endiabladamente empinada, el estómago se sube a la garganta cuando el coche enfrenta algunas cuestas; en ocasiones se la ve discurrir como una línea imposible al otro lado de la montañas; las más de las veces es una trocha de la anchura del eje del coche.
El mundo, con todo lo ancho y grande que es, termina reduciéndose en relación con nuestra experiencia, siempre todo se parece a algo anterior, es más, menos, que cualquier otra cosa, otra tierra visitada anteriormente. Pero no importa, hoy, pese a todo tenemos la novedad de la altura, los caminos difíciles, un pueblito con su iglesia encalada y su torre piramidal. Y después de la comida una amena tertulia con Florencia, mujer abuela de palabra fácil llena de matices y de temas, que nos cuenta una larga historia de extranjeros (los primeros que aparecieron en el pueblo), extranjeros raptores de niñas que luego se transforman en dadivosos filántropos que sufragarán los gastos del periodo escolar de niñas de cinco seis años; historia que con sus incisos y suspenses: extranjero encariñado, niñas dejadas para ser sacadas de paseo por los alrededores del pueblo, noche que se echa que no devuelve en su silencio las llamadas alarmadas de la familia, Florencia misma describiéndose en llantos y en mesar de cabellos, para terminar la historia con el regreso del forastero y las niñas sin más (una simple demora hasta las once de la noche); y la referencia a los muchos regalos recibidos por las niñas y un cándido acostarlas el extranjero, y taparlas y arreglarles el embozo, para despedirse después y no volver más a dar razón de vida. Historia al final sin epílogo, porque nada más empezado éste entró un hijo y la abuela enmudeció sorprendida por la presencia de él; y así, enseguida, verse obligada a cambiar de tema sin más prolegómenos, sin explicaciones.
El pueblo entero es una posada. Los que no son posaderos son arrieros, aunque cabe la posibilidad de ser ambas cosas. No sé cómo no se dan cuenta de que nosotros somos gente de a pie, qué manía con que tenemos que subir al día siguiente en mulo. Cuando se les acaban los argumentos recurren al mal del páramo (que más al sur, en los Andes de Bolivia y Perú, llaman soroche: mal de altura por la disminución del oxígeno). Tenemos que disculparnos por querer prescindir de arriero y mulo para nuestra excursión del día siguiente; lo que no impedirá que a las cinco y media de la mañana, en medio de la oscuridad, nos encontremos dos arrieros tiritando de frío esperando todavía que cambiemos de opinión.
Habíamos partido del pueblo de Los Nevados con noche cerrada; mucho antes de que los gallos echaran a cantar ya íbamos camino de los cuatro mil trescientos metros del Alto de la Cruz. Noche de ligerísima luna con un Orión en mitad del cielo que más parecía, como consecuencia de nuestro cambio latitudinal, que estuviera echándose la siesta que yendo de caza. Era curioso ver en esta parte del hemisferio las constelaciones en poses tan desacostumbradas.
Primera parada a las tres horas, la segunda una hora más tarde; empezaba a notarse la altura, las laderas se habían llenado de los anunciados frailejones, planta de aspecto aterciopelado, con un ostentoso rosetón de pétalos amarillos; sus hojas lanceoladas, de un delicado verde platino, se elevaban como una gran flor de loto. Los frailejones trepando por la pendiente, sembrando las oscuras laderas con sus tonalidades afelpadas y algodonosas, sustituían aquí a la paja brava de los Andes Bolivianos que adornaban el páramo como si de pequeñas llamas se tratara. Junto a los frailejones vivía una hermana de la dafne acaulis del Pirineo y los Alpes, una pequeña flor muy olorosa con cuatro pétalos de un rojo intenso tirando a burdeos. Me paré, el bufido de los bronquios se remansó un tanto, contemplé el cielo que poco a poco se había ido tragando las cumbres de los alrededores. Al fondo se veían atravesar gruesas nubes sobre los collados, caían como olas hacia este lado sobre los valles altos de Los Nevados. Devoramos las extremidades de un pollo, estaba seco e inapetecible.
Después de una segunda parada comenzó a nevar, la temperatura descendía según íbamos ganando altura; el bufido de los pulmones se hacía más violento. Era bonito ese paisaje que se abría y cerraba con la niebla y que rayaba con su cortina de nieve el exuberante manto vegetal de la alta montaña. El paso era necesariamente muy lento; en lo alto, todavía lejos, una cruz marcaba el punto más elevado de nuestra ascensión de hoy; su silueta se fue acercando poco a poco. El cuerpo me pedía descanso pero me impuse llegar allá arriba sin volver a pararme; Victoria era un punto pequeño unos cientos de metros más abajo. De entre el cansancio y los copos de nieve surgió entonces una pequeña certeza, la de concentrar toda mi atención en lo que sucedía en mi cuerpo entero; hacía rato que mis pensamientos rondaban en torno a la idea de intensificar la vivencia del presente. El concepto parecía tener más posibilidades según transcurrían el tiempo. Me agradaba ahondar en ella, me esforzaba por convertirla en una forma de vida más allá de la enunciación de un concepto. Aplicaba algo del andamio teórico a esa lucha por respirar y por mantener un esfuerzo continuo; contemplaba los músculos de mis piernas, intentaba ver cómo estaban trabajando; observaba mis bronquios; miraba al paisaje, y desde dentro de mi cansancio, me sentía feliz como un niño. Las sensaciones de peligro se van desvaneciendo con la experiencia, uno entra en comunión con los elementos, con la naturaleza plena de estas alturas, consigo mismo, con su presente, como quien descubriera en el paisaje cotidiano un crepúsculo imprevistamente bello... No existía nada en el mundo que tuviera verdadera importancia en esos momentos; los ojos sorbían las circunstancias excepcionales de esta proa andina en donde nos encontrábamos ¾y que tenía su larga popa en Tierra del Fuego¾ y, aunque nevaba y hacía frío, había consuelo para todo, me puse unos calcetines de guantes, que no tenía, y me las apañé para sacar la cámara sin que se mojara -imposible perder la oportunidad de fotografiar lo inmediato, los frailejones, la niebla, los troncos de rojo fuego de unos árboles desconocidos¾. Exhausto, hice tiempo en el collado esperando a Victoria que también luchaba para hacer llegar suficiente oxígeno a su pecho. La vi aparecer como un fantasma amarillo en la horca del collado. Nos sentamos, la hago partícipe de ese presente continuo de que estoy lleno esta mañana, y ella asiente con una sonrisa. Por un rato descendemos bajo la nevada trenzando y destrenzando esta idea del presente que teníamos que aprender a vivir, que tan sustancial nos parecía a veces y que en tantas ocasiones habíamos sobrevolado vaciándolo de significado por el hecho de nombrarlo en exceso asociado a bagatelas, cuando no a esa necesidad de huir de la angustia del tiempo.
¡Qué hermosa es la montaña! ¡Cuántos caminos habíamos recorridos juntos ya esta mujer y yo! Hoy, mientras charlamos descendiendo el collado en medio de esta nieve amiga, el pico Bolívar insinuándose a nuestra derecha, sentí muy fuerte contra mis entrañas el calor de los hombres y las mujeres que llamamos familia, amigos, amante. ¡Qué poder el de los elementos, el esfuerzo, el cansancio!
Había que seguir bajando; vi asomarse dos lagunas a mis pies por encima de unas flores azules sobre las que se alzaba la llama blanca de los frailejones. Nos esperaban tres mil metros de desnivel para llegar a nuestro destino. Dejó de nevar, nos cruzamos con unos arrieros, charlamos. El pollo volvió a hacer acto de presencia; queso, jamón york, una manzana. Si encontramos un lugar apropiado más abajo haremos el descenso en dos días, no hay prisas, quizás las nubes se levanten y podamos contemplar los picos Humboldt y Bolívar. A mitad de camino nos tropezamos con la casa de Pedro Peña, el nieto del primer escalador del Bolívar. Nos habían hablado del lugar y tuvimos la idea de que podríamos pegar la hebra durante un buen rato, pero... el hombre joven que era el tan Pedro Peña resultó excesivamente tímido, no respondía a ninguna de nuestras bromas, esa especie de compadrazgo que tan bien funciona en los lugares poco habitados y que invita a la gente a rajar y a sentirse más cerca. Ese hombre dice cosas como que allí siempre hacía frío, que no era un lugar agradable. Nos ofreció té, pero su actitud y su manera de hablar como un adolescente con la mano frente a la boca, lo que hacía ininteligibles sus palabras, nos decidieron a marcharnos. Quedaban tres horas de descenso por un bosque encantado que se transformaba continuamente según íbamos perdiendo altura; el camino, desagüe natural muy apropiado, se convertía más abajo en un jeroglífico de cárcavas que en algún momento tuvimos que escalar. La vegetación, exuberante en todo momento, cubría las cárcavas y el camino hasta transformarlo en un difícil jeroglífico.
Llegamos al valle al final de la tarde; el pueblo estaba en fiestas, pueblo con cerveza, pueblo con buseta que nos llevaría entrada la noche a nuestro hotel. Una, dos, tres, cuatro cervezas con el culo en tierra firme era una justa recompensa para el final de una caminata de doce horas.
En este trayecto leía Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. Un canto a la tierra que atravesamos entre Barinas y San Fernando de Apure. La cultura “de la barbarie tiene sus encantos, es algo hermoso que vale la pena vivirlo, es la plenitud del hombre rebelde a toda limitación”. Recordar las tierras de Doña Bárbara, el espacio físico en que Rómulo Gallegos colocó las ambiciones de un personaje que quería todo El Llano para ella sola y que utilizaba recursos no del todo diferente a los que usan el cinismo institucionalizado de nuestros regidores. Habíamos descendido de las alturas de los Andes y corríamos por el calor húmedo de El Llano.
Plena noche, autobús herrumbroso, carreteras sembradas de profundos hoyos; Venezuela, un inmenso plano que linda al oeste con los Andes, al norte con el mar Caribe y las montañas costeras,y que el río Orinoco corta en alguna parte para dar paso a la región Amazónica. Cruzábamos el país camino de la Sabana, la parte más oriental del país, donde encontraríamos grandes ríos, cascadas y unas particulares montañas, llamadas tepuyes, que queríamos escalar.
Era tarde de correspondencia, el ajetreado traqueteo del autobús no me impidió aprovechar la circunstancia de un bello crepúsculo para escribir a Guillermo, a mi suegra, a Marisa; y si me apuraban todavía podría añadir un largo poema que también tuve tiempo de componer durante el camino.
Desde los 3500 metros de los Andes habíamos ido a dar en las tierras bajas con un calor que no recordábamos desde hacía tiempo. Los Llanos, una región que no existe, que no aparecía en nuestra guía; así que un limbo sin referencia, una vetusta hacienda llamada Piñero y cocodrilos, grandes culebras, extensiones anegada por las lluvias. El llano es un horno, los goterones de sudor caen por la cara ininterrumpidamente.
Atravesamos la inmensidad verde inundado por las lluvias torrenciales de los últimos días. Los pensamientos, como siempre, van de aquí para allá, escribir en el bloc no es fácil con el traqueteo, pero no quiero dejar pasar estos deseos que a veces me entran de concretar en palabras lo que me sugiere el momento.
El crepúsculo se acerca, el campo, convertido en un espejo discontinuo donde se mira el último sol, se va apagando poco a poco. Ahora el conductor del bus tiene que ir espantando a golpe de claxon a las garzas que invaden la carretera. El sol dora los campos de hierba como si fuera un inmenso trigal castellano; un delicado azul con matices de malva sirve de antípoda al sol poniente.
Hoy, los recuerdos son como una bebida fresca al final de una tarde de verano mientras sentados contemplamos jugar a las olas en alguna playa solitaria del norte. ¡Cielos, qué bonito está esto! Victoria me da codazos de tanto en tanto y me obliga a mirar al llano, llano, llano, sin nada que sobresalga en el horizonte; la luz desvaneciéndose, licuándose poco a poco en azules y grises. Una gran nube vestida de rojo pálido se cuelga en el horizonte.
Se me va la luz, esta tierra, gemela de la Pampa argentina, sólo se quiebra hacia el sur en el comienzo de la Amazonia.
Ahora el aire acondicionado vuelve a vibrar aparatoso mientras yo recuerdo, me aproximo a los ayes de este verano. Siempre mujeres, mujeres, el gemido poderoso de ellas como si estuvieran solas en mitad de la noche; puro estado místico de encuentro con Dios, el falo divino entre los muslos, la irresistible fusión contemplativa que yace en el centro de la noche oscura del alma. Y pienso en Santa Teresa de Jesús que rezaba sola, pero que buscaba el falo de Dios con la obsesión de una loca que hubiera descubierto la razón primera y no pudiera desprenderse nunca más del calor que la daga divina había inseminado en el rincón más íntimo de sí misma. Aquel mi amor desfalleciente, resbalando en una mañana llena de rocío, como una perla, por el envés de las hojas de los minutos de la madrugada, susurro místico y mítico, bailando como una pella de oro líquido en las aguas de los templos, en las habitaciones de los hoteles de todo el mundo, las yacijas, las camas de los hogares, los prados húmedos, las arenas de las playas, el agua tibia del mar, en el supermercado, como en la película de Woody Allen, en que por no ser capaz de vencer el rubor de esta religiosidad de cuño universal refugia a su personaje, él mismo, en la treta del esperpento.
Entiendo que algo se ha desformado esta mística del encuentro en el otro, pero sólo en apariencia, porque el flujo y el semen siguen expresándose unívocamente, siguen hablando de esa noche oscura hacia la que nos sentimos arrastrados todos como si una ley newtiana gobernara la fuerza gravitatoria de nuestros deseos.
No sería justo dejar de incluir aquí estos versos que aunque no tengan que ver con el paisaje, fueron la materia que salió de mis manos mientras el paisaje andino daba lugar al llano frente a la ventanilla de nuestra buseta.
CANTO A TI MISMA
Yo amo esa cosa de tu cuerpo,
el cuerpo azul que balancea desnudo los brazos
y deja la línea curva de tu vientre
tensa como un arco,
el intenso azul de tu cuerpo erguido
de tu paso enérgico
a caballo entre la instrucción y el ballet.
Tengo que decirte
que yo amo estas cosas,
pensarlas me emborracha
me llena el cuerpo de mujer y lluvia.
Necesitaría alimentar cada segundo del día
con el plano firme de tu andar,
firmes tus muslos
como tronco divino que sacara pecho
frente a la bravura de un mar
roto bajo tus pies
como un homenaje a la libertad y a la ternura.
Cuerpo azul, cuerpo esbelto, cuerpo de mujer,
Te quiero.
Hoy persigo en la forma de tus labios
el sentido de todas las cosas,
el fuego que todo lo purifica,
la luz tenue de un tiempo
en donde los brazos de una mujer
son el cobijo de mi alegría,
de mi pena.
¡Ah! ¡Y verte bailar en la luz azul del crepúsculo!
la danza ritual que un día olvidamos,
estremecedoramente nuestra, mía,
en la tierra primigenia de los ancestros,
tu sonrisa bailando en lo alto,
la gracia de tus movimientos seductores
llenando el aire, arroyando
con su blanca espuma de mar remoto
mi cuerpo entero
mi sed gratificada.
Tú, mi fuente,
cobijo, útero de mis tristezas más queridas;
deja que te mire,
que beba de ti,
amor,
antes de que la sombra gris del crepúsculo
se estire entre nosotros,
deja que contemple tu cuello desnudo,
tu espalda rodando como un estandarte
hacia la curva única de tu cintura
y tus nalgas de melocotón perfumado,
deja que mi curiosidad de niño
juegue con la cueva oscura de tus muslos,
plantados ahí, ya lo dije,
columnas de Hércules,
más allá de las cuales estás tú misma,
el alma gemela que yo busco.
Déjame mirarte,
déjame penetrar en ti
porque ¿cómo entrar en mí sin entrar en ti,
mirarme yo mismo sin el espejo de tu mirada, de tu sexo?
¿Cómo podré saber que soy yo
si no tengo la superficie clara de tu cuerdo
en donde mirarme?
Escúchame,
el lienzo azul sobre el que te vi caminar
está lleno de la fragancia de tu presencia envolvente.
Se perdieron dos párrafos en la entrada de ayer, que necesariamente debo incluir ahora aquí para que se comprenda el entorno vital que en aquellas jornadas mi ánimo recorría; ambos párrafos procedían a la hora del aire acondicionado en donde atribuía a Santa Teresa una feliz capacidad orgásmica encubierta bajo su exultante halo místico. Estos eran:
Recé esta mañana. Recuerdo una crónica que escribí un día en Arimsar -magnífica ciudad presidida por el Golden Temple de los sirks- cierta mañana de esplendor liviano en que nuestras fuerzas se aglutinaban todas a una, frente al altar de nuestra propia esencia, nuestro sexo mediático merodeando el espacio del ser primero, ese punto más allá del cual no se puede dar un paso más porque nuestro sistema nervioso se quebraría en mil pedazos como un espejo roto. Entonces escribí que la primera tarea del día de todo hombre debería ser rezar frente al altar de un cuerpo de mujer.
Me desperté pensando en los resuellos nocturnos de ayer que yo no oí, que me contó Victoria, que parecen excitar en este continente latinoamericano siempre desde el fondo de la médula para convulsionar poco a poco todo el ser como si esos momentos constituyeran el núcleo primordial de la vida. Así de visionaria se presentó la mañana en esta tierra de grandes ríos. Perseguir las esencias de lo que mueve la vida. Nunca hasta este viaje los rutilantes sonidos nocturnos llegaron a mis oídos con tanta fuerza, este año los ayes parecen surgidos del fondo de la tierra susurrando: ahí está la razón de todas las cosas, el grito de la penetración más allá del cuerpo, con dolor irresistible, el encuentro con uno mismo en el cuerpo del otro.
* * *
San Fernando de Apure
Hoy hablamos largamente después de la comida con una rara profundidad que vino como surgida de la ola de calor que recorría la calle, a la que un corte en la energía eléctrica había dejado sin música ni refrigeración; cosa no del todo sin importancia para las temperaturas de esta región y para el modo de ser de las calles de esta ciudad que a cualquier hora del día están inundadas por las muchas músicas que acompañan el bullicio de las calles. Hoy parecía como si la calle anduviera triste, envuelta en un silencioso sopor de siesta. Habíamos comido a la sombra de un porche y degustábamos un café muy cargado. El tema: la constatación de que el cuerpo se expresa siguiendo la línea neural que la necesidad de la reproducción y supervivencia inoculó en nuestro organismo en complejos registros de comportamiento. Interpretar la vida como constatación de un proceso que tiende a un mejor equilibrio ecobiológico; sí, posiblemente una obviedad. Las tensiones reconducidas por un mayor grado de civilización, pero que siguen expresando aspectos básicos del hombre que desarrolló mecanismos poderosos para sobrevivir y reproducirse. La violencia en la base de la necesidad de alimentarse, defenderse, obtener poder sobre el otro; la tensión sexual nutriendo al organismo con fortísimas drogas que invaden nuestro sistema nervioso desde la hipófisis convirtiendo nuestro cuerpo y nuestra mente en un arrebato de delirio y amor.
* * *
El día posterior, en la estación de autobuses, nos aborda un viejo que derrocha alegría de vivir. Acababa de salir de la cárcel en San Fernando de Apure, era colombiano, se comía una sopa caliente en la mesa anexa a la nuestra.Su expresión era radiante, viva, sus ojos brillaban de agradecimiento a su comandante, el hombre que había entrado en una celda de sesenta hombres y, por encima de las cabezas de los otros presos se había dirigido a aquel viejo del fondo señalando con el brazo en alto uno de los rincones de la celda. ¿Por qué está ese hombre ahí?, había preguntado. Por indocumentado, respondió el guardia que atendía la celda. Ese anciano no tiene que estar ahí, es muy mayor; a ver, salga usted, había dicho.
El viejo hablaba del funcionario como si fuera su padre. Mientras contaba dejaba entrever una dentadura en donde faltaban varias piezas frontales. Estaba contento con sus dos mil bolívares (unas doscientas veinte pesetas) que le habían dado al salir de la cárcel, agradablemente satisfecho frente a su sopa, por el hecho de estar allí sentado bajo el cielo de la calle libre. Los zapatos se los había regalado un guardia, pero había olvidado el cinturón; bueno un mal menor, qué le vamos a hacer, decían sus ojos parlanchines llenos de la alegría de haber dejado atrás el antro de la celda.
Dos meses en presidio. ¿Y sus cuatro hijos, los que están en Venezuela?, le pregunté.Nada, no sé, creerán que estoy en casa de la hermana. ¡Qué simple era la vida! Doscientas pesetas en los bolsillos, unos pantalones, una camisa a cuadros y el aire de la calle para pasearse, eso era todo lo que necesitaba este hombre para ser feliz en una calurosa mañana de septiembre.
Daba pena dejar aquella alegría de viejo sentada junto a la mesa del restaurante para atravesar el calor neto y duro que flotaba fuera del chorro de aire de los ventiladores. La imagen del anciano quedó difuminada por el trabajo de acomodarnos al calor, a la apretura de los pasajeros, al ruido de los motores envueltos en el pestazo del olor a gasoil. Después nos tomamos un refresco de toronja y nos quedamos mirando beatíficamente al personal que transitaba por los andenes entre los buses.
* * *
Entre San Fernando de Apure y Puerto Ayacucho.
Los últimos asientos del bus vibran y traquetean en medio de una estrecha carretera que cruza el sur de Los Llanos camino del Orinoco. Atravesamos continuamente pequeñas superficies de agua, algún río, hace un calor del carajo. Íbamos a Caicara, a mitad de camino entre Ayacucho y Ciudad Bolivar pero no hay medios de transporte, entendimos mal ayer. Recomponemos nuestro itinerario: algo así como ir de Madrid a Salamanca pasando por Gerona. Nuestro destino pues: Puerto Ayacucho, la última avanzada en el interior de la selva amazónica; después sólo existen pequeños aviones que unen algunos pueblos de la selva.
El cielo está cubierto, tengo a mi lado a tres mocitas de seis o siete años que no quitan ojo de la pantalla, sorprendidas por la novedad de la aparición del portátil. Hace un calor espeso.
Pienso en lo bien que nos puede ir si nos tomamos nuestra relación de una manera “científica”, es decir, contando con que esa obediencia a lo que quiere el cuerpo, al modo específico de ser sin ataduras de nuestro experimentado y milenario cerebro. ¡Hay tantas cosas que explorar y experimentar...! (parada, en esta parte del país se acabaron los puentes, quedan las barcazas de los ferries para cruzar los ríos, enormes y calmosos como una docena de Ebros juntos) Hablaba ayer Pániker de la convivencia bien temperada, decía que el sexo como costumbre es un acto degradado y añadía que se le antojaba suicida la norma de que las parejas durmieran sistemáticamente en una misma cama. Terminaba la faena citando a Kundera que sentenciaba que hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos pasiones contradictorias. Ideas que hacen referencia a esa parte del comportamiento que debe estar ojo avizor a las posibilidades de la novedad, de la demora, de la combinación de los ritmos diferentes (chorreras de sudor en mitad del río, un calor pegajoso y húmedo del que es imposible zafarse).
Llueve, hay que cerrar las ventanillas del bus, la temperatura se dispara. Nueva parada, el Orinoco, río legendario, corta la carretera bruscamente. Deja de llover. Más allá de la orilla opuesta, a lo lejos, se ven alzarse algunas colinas y una masa de cumulonimbos deja flotar sus rizos claros en las aguas pacíficas del río. Junto a la orilla suenan las rancheras que salen de un chiringuito dando una pincelada de color a la espera del ferry de turno. La inmensidad del agua, fluyendo con calmosa lentitud, transmite un nosequé de sosiego en este ambiente húmedo en donde el tiempo parece fluir al ralentí. Mundo de agua, chocolate y calor flotándole encima las nubes a la aguada del trópico.
El tiempo pasa por el viajero como si éste fuera deslizándose en una balsa y el aquél lo compusiera la línea verde de la orilla, siempre la misma día y noche, los árboles, la ondulación leve del agua.
¡Hele la música!. Ya me estaba extrañando que el cubículo del bus no viniera lleno de los ritmos tropicales que acompañan el viaje desde nuestra entrada en Venezuela. “¿Hasta cuando me vas a tener así? ¿o es que acaso no te gustan los negros como yo? / Tu me lo pides, pero yo no puedo regalarte esa cosita. Mira negrito, no te me pongas así, tu sabes que esta cosita es para ti; tu me lo pides: dámelo ahorita y yo te digo échate una aguantaíca” Las mil y unas canciones que oímos durante todo el verano hablan siempre de las mismas cosas “tu eres mi luna, tu eres mi sol”. Uno metido en buses así llega a sentirse como en casa, el buenhumorado de turno, los niños, la actitud distendida, el aire entrando a raudales por las ventanillas, y horas y horas cruzando campos y ríos; y el que no importe que un viaje que iba a ser de cuatro horas se conviertan en dieciséis o veinte, o que tengamos que hacer noche en otros lugares, o que incluso decidamos quedarnos días en esta parte del país para meter las narices por los caminos que siguió Humboldt hace doscientos años.
El planeta Tierra es mi patria, que decía el motero español con quien coincidimos en Panamá City; y yo soy el tiempo que pasa, que me contó Victoria que decía Sabines. Íntima compenetración entre el espacio, el tiempo y mi persona. Las fronteras se disolvieron y nuestro cometido es caminar cara al viento y conocer cómo es el más allá, el siguiente pueblo, las aguas del próximo río, la mirada de la gente, los rincones de la selva. La sensación de quien viste ropas holgadas a las que el uso han dado una cierta calidad que hace que ellas y yo se confundan como parte de la misma cosa.
Suena, confundido con la ventolera del bus, la voz de una mujer: “Al hombre hay que darle amor pa que quede complacido, acurrucarle en los brazos como si fuera un niño...”
Llegamos a Puerto Ayacucho al filo de la madrugada; poco más que un pueblo situado en un codo del Orinoco, junto a los raudales de Atures.
Dos días después rehacíamos el camino del sur para continuar después hacia el este, rumbo a Ciudad Bolivar.
Diluvio matinal en Puerto Ayacucho, la tromba de agua se derrumbaba sobre la mañana y atemperaba el ambiente. Temperatura suave y pies húmedos después de atravesar los charcos entre el taxi y el refugio de la terminal.
De nuevo estábamos en la carretera. Había arrancado la mañana, lo proclamaba la música llanera brotando por los descomunales altavoces del bus como un relincho de euforia despertando al día. Historias de caballos y granjeros, historias de amor con el fondo alegre del arpa. Mi provisión de tapones de cera sólo lograba reducir en algunos decibelios las vibraciones de los bafles. Doce horas ininterrumpidas durarán estos aires a tutti plen. Cuando nos bajemos en Ciudad Bolívar, al final de la tarde, habremos oído siete u ocho veces el mismo repertorio.
Era agradable retener la modorra en ese punto en que la pereza invitaba a la somnolencia, era un trasto acurrucado en mi asiento, notaba lejanamente subir y bajar pasajeros, los estímulos llegaban amortiguados por el abotargamiento. Dejar colgar mis piernas, que sentía molestadas por los mosquitos a la altura de los tobillos, arrullar el sueño, arroparlo en la discreta velocidad del bus. Nada de espabilarse, dejar la conciencia suspensa en el líquido amniótico de la indiferenciación, retardar el regreso a la realidad.
Pero terminé por incorporarme, por coger el bolígrafo, y entonces recordé a la mujer que corría esa mañana bajo la lluvia, la primera en todo este viaje, más allá del terminal de pasajeros; volver a correr, desenvuelto, ágil, en la mañana temprana, ajeno a otra cosa que no fuera la atención al yoga matinal, a la interacción de mis miembros con la naturaleza. La memoria evocó a mi hijo Mario y el medio maratón que correría en días próximos; las carreras del cuerpo pequeño de Marisa que andaría vaya usted a saber cómo en aquel lunes de septiembre.
Y, cómo no, volver también al crepúsculo del día anterior frente a uno de los paisajes más hermoso que pueda verse: los raudales de Atures. El Orinoco interrumpe allí su navegabilidad. En la otra orilla, sobre lomas no muy altas, las nubes dejaban pasar al sol último de la tarde. Abajo, a nuestros pies, corría el río levantando un bronco estruendo en una caída gradual que sortea en rápidos y breves cascadas un conglomerado de islas cuajadas de vegetación. Hacia septentrión otras muchas islas flotaban en la inmensidad del río, ancho en aquel punto como una enorme laguna que se apostara a pasar la noche jugando con los reflejos. Negros y blancos; las sombras de las colinas y los bosques se mezclaban con el reverbero luminoso del río. Dirigiéndose al sur, una pirámide de nubes incendiadas por el crepúsculo iban convirtiéndose en puro rescoldo a la vera de la vena líquida del río que corría ya lejos hacia el llano. Bañada de los últimos reflejos del día, vimos moverse en la corriente un cayuco de pescadores. En la orilla, el verde húmedo y los grandes monolitos negros, que hacía unos momentos me habían servido para hacer unas bellas tomas, yacían como sombras inmóviles que se hubieran acurrucado en la orilla a preparar el vivac para pasar la noche. Los mosquitos hicieron su aparición, se hacía tarde.
La terminal de Puerto Ayacucho nos acogía a una hora muy temprana. El autobús todavía se demoraría un rato. Dejé a un lado mi bloc de notas, abrí el libro de Pániker; la palabra alma era un término que se me atragantaba, me esforzaba en descubrir los rastros que el tiempo había dejado en ella. Mis neuronas debían de estar renovadas en un noventa y nueve por ciento ya después de alguna década de existencia. ¿Qué es lo que permanece? No los átomos o las partículas, decía Pániker, sino las relaciones mutuas, un cierto programa. Cuando uno llega aquí es difícil mantener la certeza de nuestro yo, el concepto del alma parece una instancia que ayudaa agarrarnos a algo, pero disuelta en cierta manera la dualidad cuerpo-mente, cuerpo-alma, uno siente que al menor descuido un simple soplo de viento puede llevarse eso que tanto preciamos y llamamos yo. Me tropecé con una idea interesante: “la mente humana como una propiedad emergente que incide con un sentimiento del yo como lugar de intercambio con el mundo. Espíritu: emergencia inmaterial que depende de interacciones materiales” Y abundaba después en el concepto emergencia diciendo que ésta tiene lugar cuando se producen cualidades inesperadas que pertenecen a un todo organizado, pero a ninguna de las partes que componen este todo. Las neuronas de nuestro cerebro, las abejas de una colonia, cada una de ellas, persigue sus fines específicos, pero de su conjunto emerge una nueva inteligencia colectiva. Y así, el yo, según Francisco Varela, citado por Pániker, es una propiedad emergente de ciertos mecanismos cerebrales; pero las propiedades emergentes no poseen una identidad real. Sería interesante analizar este mito del yo, “una ilusión persistente y muy enraizada que nos hizo inventar la entelequia llamada alma”.
A partir del surgimiento de una conciencia rudimentaria en el hombre, lo que tenemos por delante es el intento de eludir la muerte, y con ello, en complicación creciente, la gestación de las religiones y todos sus derivados, que intentarán en el futuro hacer una demarcación tajante entre el homo sapiens y el resto de los seres vivos.
La única y larguísima carretera que recorría el borde de la región amazónica, al sur del Orinoco, era una pista asfaltada muy bacheada que no superaba en mucho la anchura de cinco o seis metros. Mejor dejar las selvas tranquilas. En Puerto Ayacucho habíamos visitado el museo Etnológico. Era inevitable encontrarse en lugares así con el dilema de cuál ha de ser la conducta de la sociedad y los gobiernos con las comunidades indígenas. Por una parte está las circunstancias inmunológicas, carecen de sistemas de defensa para las enfermedades corrientes del mundo occidental (una de las grandes razones que hizo que la población precolombina fuera diezmada), y junto a ello la posibilidad de ruptura de todas sus estructuras sociales, médicas, políticas. La irrupción en su medio, incluida la medicina, hace que los viejos entramados de dependencia vayan desapareciendo, el prestigio de los curanderos, de los chamanes se merma; la aparición de los misioneros debilita el liderazgo político. Todo forma un delicado equilibrio ecosocial en el que los elementos extraños terminan por alterar la naturaleza de estas comunidades poniendo en peligro su subsistencia.
El problema es delicado, los inuits del norte de Alaska, socializados terminaron por sucumbir al consumismo y a los hábitos occidentales; lo habíamos comprobado personalmente el año anterior en nuestro viaje por el norte de Canadá; tenían mala prensa, se les había dotado económicamente, se habían creado escuelas, pero estas cosas no fueron suficientes, el alcoholismo hacía estragos entre su población; lo peor de nuestra cultura, el consumo, los medios, los dejaron tan indefensos como les puede dejar a los yanomanis la aparición de la gripe o el sarampión. Leíamos en la guía que cuando se entra en el poblado yanomani vecino al tepui Roraima lo primero que se ve es una enorme montaña de cascos de cerveza vacíos; el comentario de la guía: “ya se puede suponer en qué se emplea aquí los réditos del turismo”. Ahora las poblaciones de esta parte del Orinoco y río Negro están en franca regresión, son poblados que no superan los 140 individuos; de seguir la curva de descenso de población al mismo ritmo habrán desaparecido en unas décadas. Observamos en el museo fotografías de maestros y niños recibiendo enseñanza; monjas enfermeras atendiendo a hombres y mujeres. En sí mismo esto ya plantea interrogantes, pero lo contrario también, quizás añade dudas mayores; no proporcionar asistencia sanitaria o no dejar abierta la posibilidad de que el individuo pueda en algún momento decidir sobre sí mismo parecen asuntos duros de aceptar.
Por otra parte están los modos en cómo ha evolucionando el hombre a lo largo de miles de años. Es inconcebible pensar que, por ejemplo, los incas, los mayas o los aztecas hubieran conservado sus arcanos, sus características en un raro caminar paralelo con otras civilizaciones más modernas durante siglos.
Se me ocurría que si yo fuera yanomani y tuviera una idea aunque fuera vaga de la civilización que hay más allá de la selva habría deseado tener la posibilidad de poder apreciar la música de Bach o Mozart, por ejemplo; creo que tendría pleno derecho a aprovecharme del esfuerzo que ha hecho el hombre, desde que descendió de los árboles, durante milenios para empujar poco a poco la civilización y la cultura hasta el grado de desarrollo actual. El patrimonio que disfrutamos a principios del siglo XXI es producto de un ingente esfuerzo que debe ser patrimonio de todos los seres del planeta.
Días después, tumbado en la hamaca que se balanceaba en cubierta mientras la orilla del Amazonas pasaba calmosa frente a mí, reconstruía poco a poco la larga crónica de nuestra estancia en Canaima y largo viaje en canoa hasta las cercanías del Salto del El Ángel, la cascada más espectacular del mundo precipitada desde una altura de mil metros. El recuerdo más inmediato era la imagen de la tormenta cayendo sobre nosotros mientras nuestra embarcación se deslizaba río arriba en el principio de la noche, el perfil negro de los tepuyes sobre la niebla azul rasgando el contorno de las laderas en medio de la lluvia, la embarcación abriendo un violento surco de espuma, algunos relámpagos rasgando los costados oscuros de las montañas.
Primero habían sido cuatro horas y media de “Cristo viene ya”, una estrecha carretera con la leyenda del advenimiento de Cristo anunciada en grandes carteles cada pocos kilómetros. En esta parte del país, en donde no era fácil encontrar un libro, me tropecé con un vendedor de anacardos leyendo ensimismado una lujosa Biblia de broche metálico encuadernada en cuero. El negocio se atendía solo, el hombre joven leía concentrado. En tiempos como los nuestros Jesús habría optado por planear en el aire del Parque Nacional de Canaima en lugar de pasearse por la superficie del lago Tiberiades. Habría sido una muy buena razón la belleza de estos lugares. Cristo no necesitó llegar a este continente para arrastrar a millones de devotos a una fe enfermiza.
Habían estibado la pequeña avioneta con sandías, dos docenas de gruesas y alargadas sandías hacían de contrapeso a los cuatro pasajeros que volábamos esa mañana. ¡Demonios cómo se movía aquello! El piloto, señor Madriz, un hombre cercano a los sesenta, pelo cano, jactancioso, tenía fama de haber cumplido alguna proeza aérea dejando caer su avioneta durante cientos de metros junto a las chorreras del Salto del Ángel, una espectacular cascada que se desploma desde una altura superior a los novecientos metros. Con un ojo mirábamos los meandros achocolatados que discurrían unos cientos de metros más abajo, y con el otro andábamos pendientes de la cordura del piloto que hacía subir y bajar a aquel trasto rozando demasiado cerca para nuestro gusto la superficie plana de un tepui. Los árboles de la selva semejaban repollos sobresaliendo de una inmensa caja de mercado. Un vuelo demasiado agitado para mi estómago poco habituado a estos sustos de montaña rusa.
La avioneta aterrizó sin novedad en Canaima, no sin antes sobrevolar la laguna que enmarca la famosa colección de sus grandes cascadas. Nuestro guía, Cristian, extrovertido disertador, amante sin condiciones de estos parajes, nos acompañaría por unos días en nuestra expedición al Salto del Ángel. Antes de pegar la hebra frente a un increíble arco iris que nacía en la oscuridad aceitunada del río como un puente de juguete, habíamos atravesado a pie bajo la impresionante cortina de agua de la cascada del Sapo. El fragor es ensordecedor, en algún momento el embate violento del agua hasta la cintura amenaza con tirarnos; aguantamos el empuje agarrados a una pasarela de cuerda. Imponía la fuerza nueva y desmesurada del agua desplomándose.
Al otro lado del río, y tras una marcha de media hora, nos esperaba la embarcación. En uno de los raudales debemos abandonarla y hacer algunos kilómetros a pie. La barca remontó el peligroso rápido liberada de los pasajeros; dentro va nuestro equipaje, me acordé tarde del dinero y la documentación, que no tuve la precaución de rescatar del macuto. Un camino color canela, entreverado de vainilla y chocolate, seguía la orilla arraudalada del río. Esperamos que no hubiera que buscar el pasaporte en el légamo de los meandros.
Sobre el río el cielo se había ido cerrando y había convertido las grandes montañas del fondo en un lóbrego paisaje donde alumbraban los flashes intermitentes de la tormenta. En el lado opuesto, la sabana, el campo abierto, se estrellaba contra dos tepuyes de paredes rigurosamente verticales. Presentí que me había quedado corto con mi provisión de diapositivas: los meandros, las coliflores de los árboles desde el aire, las masas de agua desplomándose, el arco iris como un raudal de luz naciendo del lecho del río... Hice unas tomas de una de las columnas del arco iris volando sobre un suelo de rocas y arenas de suave café con leche; después subimos a la embarcación. Comenzabaa llover, era divertido. Sin embargo, río arriba, el aire no tardó en ponerse pastoso y como de brea. La proa escindía la corriente en dos altas cortinas de agua que terminaban cayéndonos encima empujadas por el viento.
La lluvia arreció. Las aguas se tornaron inquietas con la tormenta mientras hacia el sur apareció el perfil de nuevas montañas cortadas a tajo sobre el río; ancladas más allá de la oscuridad, sobresalían entre los panes de niebla que se agarraban a las paredes negras próximas. Los azules se apagaron tras la cortina de agua y ahora eran una pura gama de grises con una línea clara que flotaba en el río reflejada por los huecos de luz que se abrían como un boquete hacia el horizonte. Mientras tanto la temperatura descendió, terminé un carrete de diapositivas, miré resignado al frente, tomé algunas fotografías en blanco y negro. Terminamos haciendo cabriolas para poner un nuevo carrete. El perfil del barquero, sentado sobre la proa, sobresalía bellamente contra los reflejos simétricos que bailaban arriba y debajo de la línea de los árboles. Muy poca luz, pero pruebo, coloco las sombras próximas contra el fondo despejado, junto a las montañas, las compongo de manera que sus formas emerjan como contrapeso de la silueta que se sostiene erguida en la proa. La cortina de agua describe un arco a la altura de mis ojos. Hace frío. El entorno es impresionante, coincidencia plena de un momento de excepción convocado por los juegos de la tormenta, el motor rompiendo la calma del río, la noche cada vez más noche. Parecía increíble estar aquí, en medio de esta cosa compleja y bella, fría, confiados ciegamente en que un motor siguiera dando vueltas, confiando en que en algún recodo el río, de la noche, aparecieran las luces de un campamento, una playa, algo que rompiera la duda de que no estábamos a merced del río, de la oscuridad, de la selva.
Una ráfaga de agua se nos coló como un bofetón por encima de la borda. Con noche cerrada la embarcación giró a estribor y se adentró por un río menor, el Aonda; pocos metros más allá, las luces del campamento aparecían diseminadas entre los árboles de la orilla.
La tertulia se prolongó aquella noche por mucho tiempo. Cristian disertaba en inglés delante de su grupo sobre el programa para el día siguiente; lo hacía con manos, ojos, cabeza, con el cuerpo entero; se encontraba en su salsa, el rey del mambo. Al rato hace un apartado con nosotros y, aunque le decimos que sí hemos entendido, inicia una nueva charla (¡socorro!) que poco a poco fue subiendo de tono y se ramificó mucho más allá del tema que le había traído a conversar con nosotros. Era incapaz de estarse quieto, se parecía a mi hijo Rodrigo, subrayaba las palabras, jugaba con las curvas tonales como si fueran un acordeón. Todo era extraordinario en sus relatos: un ermitaño lituano de los años cuarenta, que vivió sólo aquí y que él conoció de niño; un topógrafo alemán que midió el tepui que corona el centro de Canaima (setecientos cincuenta kilómetros cuadrados), también solo; un duelo entre un piloto de helicóptero y un paracaidista que se rifaban a ver quien era capaz de descender más rápido, uno con el motor apagado y el otro con el paracaídas recogido. Cosas así. Hay que decir que entre historia e historia se ponía un medio de whisky con hielo. Alrededor de la maquinaria de su imaginación y de sus palabras se llegó a formar un discreto corro. Al principio de la tarde había intercambiado con él algunos puntos de vista sobre escalada y cuestiones relacionadas con la filosofía de la aventura y ahora Cristian parecía haber encontrado el interlocutor idóneo para hilar un discurso sin fin. No me soltaba. No llegaba a terminar los temas, el whisky tenía, sin lugar a dudas, su parte de responsabilidad en esta facundia intempestiva.
En algún momento logré encontrar una evasiva. Cristian cambió entonces de audiencia, se fue a jugar al dominó con un grupo cercano. Yo me ocupé de mi cuaderno de viaje. Me trajeron una vela. En la mesa de al lado se oía ininterrumpidamente la voz de nuestro guía y el golpeteo desmesurado de las fichas de dominó contra la mesa.
Al día siguiente llegamos bajo los mil metros de cascada después de algunas horas de navegación y de una buena caminata que tuvo su momento más bello en la travesía y ascensión de la selva que crece a los pies del salto de agua. Una humedad relativa que se acerca al punto de saturación facilita que crezca una exuberante vegetación que acabó con mis provisiones de película; esos líquenes que no me canso de fotografiar, por ejemplo, y que aquí muestran una sutilísima variedad de tonos bajo la luz suave de la niebla matinal. Las aguas, bajo el efecto de la descomposición vegetal, llevan en suspensión una sustancia, el tanino, que le da un bello aspecto de jarabe anaranjado; el suelo, donde no es un laberinto de raíces, forma una espesa alfombra de hojas que produce el efecto de estar caminando sobre un mullido colchón. El bosque chorreaba agua, los verdes eran encendidos y lujuriosos, los miles de metros cúbicos que se desplomaban formaban sucesiones de cortinas que caían armoniosas solapándose unas a otras y jugando sus encajes con la niebla y con el fondo negro de la montaña; descienden increíblemente lentas, el agua se dispersa cientos de metros más allá de la vertical formando un diluvio que riega permanentemente el bosque. Toda la selva inmediata parece formar parte de esta cascada gigantesca, la masa principal de agua se derrumba envuelta en brumosos hilachos que penetraban profundamente en el bosque. La vista es fantástica. Los turistas somos una panda de extraños en este paisaje grandioso, jugamos, nos hacemos fotos, nosotros y la cascada, nosotros y el letrero donde se la nombra. Había algo infantil que rondaba en los visitantes frente al famoso espectáculo: el documento notarial, el certificado de yo estuve allí.
Cuando regresamos junto a la embarcación, el pollo a la hoguera estaba en su punto. Después será descender el río a un velocidad que ponía a prueba los nervios cuando atravesábamos los rápidos. Todo el recorrido esta rodeado de selva impenetrable sobre la que se yerguen montañas y paredes espectaculares. En el campamento llovía, el torrencial aguacero de la tarde caía con violencia sobre el tejado de zinc.
En la tertulia de la noche el whisky fue sustituido por la guitarra. El resultado era óptimo, las risas y las voces de los venezolanos se mezclaban con el clamor de fondo de la selva. Me recordaba el ambiente de los refugios italianos de los Alpes allá por los años setenta. Eché cuentas: hacía dos meses y medios que habíamos salido de casa; en las dos últimas semanas el tiempo parecía haber transcurrido con especial celeridad. Ahora, la otra selva, la grande, la que baja hasta Manaus y sube hacia el Pacífico, se extendía ante nosotros como una promesa. Los ríos de América son lentos, no están hechos para nuestras prisas de occidentales, navegar las aguas rojas, éstas del río Carrao en las tierras de Canaima, las aguas marrones y calmosas, aquellas que hienden por medio el país de más al sur, se mide por un tiempo que no es el nuestro. Ni perdidos en la selva dejaba de oírse el metrónomo: tic tac tic tac.
Tarde sin deseos
tarde profana, huérfana.
“Nunca, sino ahora, supe que existía
el canto cordial de la distancia”
La síntesis de los contrarios:
la sangre del tiempo
fluyendo en la calma mayestática del río dormido,
la quilla abriendo en canal
el espejo sólido en que se miran
las nubes y los árboles.
El misterio de los caminos extraviados:
Los deseos, mariposas locas
revoloteando sobre una zapatilla color fosforito
(it’s the colour, sais the japanees).
El color de unos ojos,
la sonrisa de mi sobrina Alicia
el día que hizo su primera comunión,
y que hoy vi en la cara de una niña indígena.
Tarde sin deseos.
Rasca que te rasca
(mosquitos mierderos)
rasca que te rasca
de noche estrellada,
de espera.
I’m waiting for...
I don’t know what
I’m waiting, nothing more.
Aspetare.
Forse questa notte...
quizás en el agradable balanceo de la hamaca,
cuando llegue el silencio
y la noche y yo podamos hablar de tú
como amigos en la intimidad.
Quizás.
“Si estaba ahí era por alcanzar el entendimiento de lo grande” (El acoso, Alejo Carpentier)
La necesidad de lo grande, de lo hermoso, corre por las fibras del ser como una corriente encantada que fuera capaz de sacarnos con su llamada de los ciclos de lasa cotidianidad. Cada vez queda menos espacio para lo extraordinario, que se diluyó poco a poco en los caminos de la infancia y juventud; el mundo se estandariza necesariamente y la compañía de la seguridad que aprendimos a llevar a todas partes como condición sine qua non, mediatiza nuestros movimientos; también el mundo se organiza, varios millones de livingstons y stanleys recorriendo cada día el mundo de un lado para otro termina por disolver el halo mágico del misterio, la aventura se expende en sucedáneos que son la justa servidumbre de nuestro arrogante dominio del mundo: aventura enlatada y descafeinada para todo aquel que disponga de unos pocos dólares.
Sigue, no obstante, vigente la cita de Carpentier, el entendimiento de lo grande, si somos capaces de no banalizarlo, puede rondar tanto en las notas de una sinfonía como en el canto del anchuroso río que se deslizaba bajo la lluvia quedo y como de plata en la noche del principio de esta aventura; si somos capaces de meter nuestra carne en la carne de la naturaleza, de la selva; si somos capaces de ver, de oír, de aislarnos en los embates y el fragor del interior de la cascada del Sapo, del turismo organizado; capaces de limpiar nuestros oídos y nuestra mirada, de acercarnos al estado de gracia que exigen los ríos, las selvas, las montañas, los desiertos, para entregarnos al secreto misterio de la naturaleza; amada por demás que no se entrega como ramera al precio de unos dólares, sino en el amoroso forcejeo de una ternura y una sensualidad sin paliativos.
Una pequeña carretera une el sus de Venezuela con el caudal del río Amazonas. Volvíamos a rodar por la tierra. Ya sólo faltaba el fuego, el espíritu que activa las otras energías primarias. Lo que está en potencia en nosotros, lo que dormita en nuestro interior, de la misma manera que lo hace el fuego en la médula de un leño, parece que estuviera aguardando allí el momento de transformarse en espíritu del aire.
Nos faltaba el fuego, pero el fuego, como elan, como naturaleza sutil de las cosas, debe ser cosa de uno, no del paisaje, ni del viaje. Quizás pueda ponérsele en el mismo plano que esa otra idea que ya apareció más arriba: gracia, estado de gracia; fuego, disposición anímica para acercarse a la realidad y penetrarla, interpretarla al calor de un empuje interior. Horas de fuego igual que hay horas de tedio y hastío, periodos de sequedad, jornadas de indiferencia y abulia.
Boa Vista. Brasil. Volvemos a vacunarnos contra la fiebre amarilla, estamos inmunizados desde hace años, en Bolivia, pero, como es costumbre nuestra, perdimos la tarjeta de vacunación y sin ella no se pude entrar en el país. De paso nos meten en el cuerpo un pinchacito de sarampión.
Acogida deliciosa en Brasil: en la primera parada del bus en tierra brasilera, pido en el bar dos cafés y no me los quieren cobrar: por cortesía, me dicen. Entablo conversación con un hombre que va también a Boa Vista, Cuando, horas después estamos sentados en la estación, aparece con un libro sobre un tema del que conversaron durante el viaje y que ha comprado en el centro de la ciudad, se lo dedica.
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Manaus
A través de las ventanas de la habitación del hotel se ve el Amazonas velado por la luz cercana del atardecer. Los grandes cuerpos de los zamuros (de envergadura similar a los buitres y algo más grandes que los zopilotes de Centroamérica) reposan en las ramas someras de los árboles junto a la orilla. Nos acogemos a la benevolencia del aire acondicionado, gran invento del que yo había olvidado las enormes ventajas desde el viaje a China. Manaus es un horno.
Hemos cumplido dos días de viaje ininterrumpido desde la cuenca del Orinóco a la del Amazonas. Llegamos a las seis de la mañana a Manaus, nos vamos de cabeza al muelle a ver las conexiones antes de tomar hotel. Entre las opciones del avión y el barco optamos por la que mejor se adapta a nuestro gusto y a nuestro presupuesto: la continuación del viaje por el río. Compraremos una hamaca cada uno y viviremos en la borda durante cinco días y cinco noches, hasta Tabatinga; desde allí probablemente haya que sumar tres días más hasta Iquitos. Llevamos el macuto lleno de libros, no hay peligro.
Mi compañero de viaje de ayer fue Paulo Coelho, “El alquimista”, un libro que compré con recelo porque en las librerías de Ciudad Bolívar no había mucho más, pero que viene a sumarse, otro más, al discurso de las preguntas fundamentales. Recuerdo que tiempo atrás veía esta clase de libros con reticencia, como lecturas muy lejanas a mi propia experiencia, como colección de fórmulas de bien vivir ara nuestra apresurada civilización. Cuando en mis lecturas me encontraba con la Kábala, con la fracmasonería (recuerdo a Tolstoi) soportaba aquello como parte del material de acompañamiento. El libro de Coelho, que no me va a durar por lo demás el día y medio, me ha reconciliado en parte con estas cosas. Un librito elemental de divulgación escrito en forma de parábola que aunque literariamente no vaya muy allá puede ponerse en las estanterías junto a Juan Salvador Gaviota, El Principito, o cercano a aquellos otros que indagan sobre los grandes porqués.
Las conexiones con el Tao y con el budismo afloran por todos los lados: “Tengo el presente, y eso es lo que me interesa. Si puedes permanecer en el presente serás un hombre feliz”; y: “Cuando deseas algo con todo corazón, estás más próximo al Alma del Mundo”; o: “Si la caravana llegaba frente a una roca, la contorneaba; si se encontraba frente a una montaña, daba una larga vuelta. Si la arena era demasiado fina para los cascos de los camellos, buscaban un lugar donde fuera más resistente”.
El caso es que ayer, camino de Boa Vista, andaba metido en la lectura y un pasajero con el que ya había hablado un buen rato, encontró el cielo abierto cuando vio el libro que tenía entre las manos. Me dio en el hombro con la mano y en seguida quiso mostrar su solidaridad lectora (ese algo que nos pone en sintonía con el otro cuando descubrimos a alguien en el tren de cercanías o en el metro metido en alguna de nuestras lecturas favoritas). Dijo conocer todos los libros de Paulo Coelho. Ni sé como logramos entendernos utilizando el brasileiro y el español como sistema de comunicación. Fue una conversación sorprendentemente lúcida, así, de golpe, en torno a la educación, la filosofía de la vida. Este hombre había despegado, decía él, hacia un nivel de conciencia superior a partir de la asociación de Alcohólicos Anónimos, que parece, aquí en Latinoamérica, una organización de amplias repercusiones humanas y culturales (en Cuba también conversamos con otro individuo que trabaja en ella). Al final me empezó a hablar de Papillon, de quien yo conocía poco más que el nombre (vivió treinta años en las tribus indígenas de esta parte del país) y, lo hizo de tal manera que logró interesarme en el asunto. En la terminal de buses de Boa Vista nos despedimos.
Después en la sala de espera me dediqué a ultimar vuestro correo para dejarlos bien puestos en un disquete, mientras al lado me daba palique un hombre fornido de largas barbas que se empeñaba con un lenguaje brioso en destapar la caja de los truenos contra los venezolanos. En algún momento pude escabullirme. Cuando estaba cerrando el portátil veo acercarse a nuestro compañero de viaje con un libro en la mano. Había hecho los tres kilómetros a la ciudad, había comprado el libro de que me habló durante el viaje, y había vuelto hasta la terminal para regalármelo. Me encanta que me regalen libros, pero esto era verdaderamente inesperado: muito obrigado! En alguna ciudad de Irán también me regalaron un libro, en aquella ocasión, después de hablar apasionadamente frente a la mezquita, sobre la influencia islámica en la España medieval. El libro era una versión en inglés del Corán.
Cansado o no, lo cierto es que esto es una realidad particularmente propicia para entrar con disposición en cierto número de temas; te das de bruces con la gente en todo momento, la calle te cuestiona, se entiende mejor la universalidad de nuestros sentimientos, es más fácil relativizar nuestras quejas contra el mundo y comprender lo infinitamente insignificantes que somos dentro del hormiguero humano.
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Nuestro recorrido turístico consistió en ver las escalinatas del Teatro Amazonas por donde Fitzcarraldo sube precipitadamente despues de un largo viaje desde Iquitos para oír a Caruso. Los señores del caucho construyeron despues de la mitad del siglo XIX uno de los mejores teatros de opera del mundo en un remoto lugar de la selva que no superaba los veinte mil habitantes. Marmoles de Carrara, maderas nobles tratadas en Europa, vidrios de Venecia, pintores italianos de nombradía fueron empleados con el empeño de reproducir aquel otro de la Scala de Milano. Un ejemplo como el de Potosi en el periodo anterior. Los señores del dinero son capaces de reproducir su sistema de vida aunque sea en la Luna. Por otra parte nada que censurar, sin los señores del dinero nuestro patrimonio cultural probablemente habria quedado en paños menores. La locura de Fitzcarraldo es un ejemplo mas de la locura que debe recorrer de vez en cuando las venas del mundo para que éste ennoblezca su constitucion mineral y vegetal.
Dentro de un par de horas zarpamos, rememoraremos las historias de Mark Twain con su Huchleberry Fink, miraremos el agua y la linde de los arboles desfilar durante un puñado de dias. Libros, hamaca y el rio en el que descansar los ojos.
La hamaca fue el remanso que encontramos al cabo de dos meses de un viaje que nos había llevado desde Ciudad de Méjico a través de Centroamérica, con un breve vuelo a Cuba, hasta la gran vena de agua que atraviesa Brasil. Mirar la vida desde la hamaca, enfrentar las ideas, los recuerdos, las percepciones desde el vaivén amazónico. El barco ha zarpado en Manaus y, corriente arriba, se dispone a afrontar un viaje de diez días con destino a Iquitos, la legendaria ciudad de la selva peruana a la que el Fitzcarraldo de Wernerg Herzog quiso adornar a principio del pasado siglo con un teatro de la ópera que rivalizara con el de la Escala de Milán. Fitzcarraldo tenía mucho de Mahler, fuertes, visionarios ambos, la grandiosidad de la selva, el trabajo de alzar un buque por las laderas de una montaña para ganar el codo inexplorado de otra gran corriente de agua. Trato de situar el primer movimiento de la octava sinfonía en el fondo de las primeras secuencias, cuando la nave empieza a alzarse sobre la superficie de agua como un milagro mientras cientos de brazos indígenas mantienen firmes la tensión de las cuerdas sobre las poleas y los cabrestantes. Es un canto al esfuerzo ciclópeo del hombre por expresar ese grado de locura que necesita el espíritu para acercarse a la plenitud; lo que nace del agua en el arranque del primer movimiento con un rotundo acorde es tan hermoso como la creación del mundo; el barco emerge del río y empieza su andadura por la ladera de la montaña. Herzog inventó las montañas en torno a Iquitos, las necesitaba para izar su barco por una ladera y para despeñarlo a continuación por la corriente abajo de un río salvaje. La selva de Iquitos nunca se eleva por encima de las enseñas de los barcos que la atraviesan, pero no importa, parece como si el hombre tuviera necesidad de un reto en cada momento de su vida; si las circunstancias no nos llevan a ello, habrá que inventarlas, como hace Herzog, a fin de poner a prueba nuestro espíritu adormecido. La vida sin retos será poco menos que esa calma tropical en donde ni las estaciones ni los estímulos tienen parte.
La hamaca es un artilugio que dispone, por su naturaleza náutica y aérea, a la reflexión, a la enunciación, a la asociación de los recuerdos; mucho más cómoda, creo yo, que esa chaise-longe en donde Thomas Mann hace yacer a su protagonista de la Montaña Mágica, durante un considerable número de páginas. Los contrarios se tocan, la calma tropical del Amazonas y la estación de alta montaña suiza, pueden ser un excelente balcón sobre la vida, a condición de disponer de un tiempo suficientemente dilatado para contemplarla.
El barco había zarpado, el sol del crepúsculo se había hundido en el agua dejando sobre su superficie el brillo descolorido de la ceniza. La luna se dibujada tenuemente en la superficie del río y yo la miraba desde la cubierta demorarse mecida en un perezoso balanceo. De pronto tuve la sensación de haberme liberado de un puñado de obligaciones, el ajetreo de los buses, los madrugones, la correspondencia; el cuerpo me pedía tranquilidad, tiempo para mí, sesiones de hamaca. Me parecía un regalo no verme empujado por nada que me apremiara a moverme en una dirección determinada.
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Me había despertado en acompañado por el leve ronroneo de los motores del barco, la calma chicha del agua del río. La mañana estaba fresca, era lindo el lugar, la orilla, ahí a la mano, con sus pequeños poblados de vez en cuando, los cayucos de algún pescador, las arboledas adornando la orilla permanentemente; todo parecía como recién estrenado a esta hora. Era agradable sentarse después de dejar al cuerpo en condiciones de armonía física consigo mismo —el baño, el desayuno, el frescor de la pasta de dientes— a ver la mañana y decirse: bueno, veamos qué nos trae hoy el día.
¿Cómo será vivir aquí, a la orilla del río, me preguntaba, sin otra conexión con el mundo que esta masa de agua? ¿Semanas, meses, años, ausentes de comunicación, sin otros nexos ni tensiones que las que fuera capaz de generar el cuerpo y las relaciones con las personas y el medio? En la orilla veía a una muchacha cargada con la mochila de ir al cole. Habría escuela, aunque fuera remota, habría gente aunque estuviera diseminada, la selva no es impenetrable, se puede caminar como un pinar guarrameño; a lo mejor era lo mismo, a lo mejor no había nada remoto ni del todo exótico. Probablemente lo verdaderamente exótico seguiría estando en las posibilidades que nos ofrece el cerebro, las exigencias de pensar, crear algo nuevo: estar vivo, arreglar una casa, echarse al río a pescar, recibir el calor del sol o la brisa del atardecer
Sin embargo era imposible no pensar en el elaborado producto de la cultura que fue fabricando el hombre, un acto inútil querer prescindir de él, porque esa cultura nos hace seres más densos, más autoconscientes, la cultura engrasa la maquinaria del espíritu e imprime densidad y profundidad allí donde en un principio sólo existía la brutedad arborícola de nuestros antepasados. La cultura no es otra cosa que la posibilidad de que el ser alumbre conciencia de sí, crezcan flores donde sólo había cardos y piedras, sonidos armoniosos donde sólo el ulular del viento hacía acto de presencia de tanto en tanto. Y ser selectivos, exigentemente selectivos porque son muchos los caminos fáciles y rotundamente equivocados, equivocados hasta el punto de hacer perder la cabeza y el sentido de la realidad al más pintado. Buen olfato, oído fino, atención a los signos.
Surgían estas cosas del ambiente apacible de la mañana, era agradable especular frente al paisaje; invitación a la reafirmación de lo básico, materia visual para hacer acopio de lucidez, no fuera a ser que algún día nos perdiéramos en alguno de los laberintos que produce indiscriminadamente nuestra adelantada maquinaria social.
¿Qué era aquello que acontentaba mi espíritu, le daba esta mañana ese aire relajado de bienestar? El camino que siguieron nuestros organismos durante estos meses sí parecía estar poniéndonos en condiciones de hacer, “Ce qui est difficile ce n’est pas de faire, mais de se mettre dans l’état de faire” (Brancusi), citaba hace unos días Salvador Pániker en su Cuaderno amarillo. Mi ojos se demoraba en las nubes y los grandes árboles de blanco tronco, e intentaba adensar los recuerdos y las vivencias alrededor del ánimo sobrevenido de esta mañana de navegación. El río Amazonas sólo es Amazonas entre Manaus y el océano, cuando el río Negro y el Solimoes unen sus inmensos caudales. La unión de estos dos ríos es el espectáculo de la fusión de dos grandes historias: el negro intenso de las aguas que bajan de Venezuela junto al Orinoco, mantienen su reservada distancia con aquellas color terroso del Solimoes, que nace en los Andes. Ambas aguas caminan dentro del mismo cauce, unas al lado de las otras, sin fundirse. Pasarán muchos días de navegación antes de que la cercanía de una y otra termine por resolverse en un caudal único. Así probablemente nuestra relación con las personas, caminos largos que recorrer juntos, la experiencia de los rápidos, el aire de la noche llenando de brillo de estrellas la superficie calma del agua. Quizás sea esto de flotar uno junto a otro el amor, no lo fugaz, sino eso que llegados al delta, al final de la vida, recordaremos con extraordinaria sensación de bienestar; lo que permanece, lo que es capaz de enquistarse en nosotros como parte de nuestra propia médula.
La hamaca, el chinchorro, es un instrumento idóneo para asentar el cuerpo y dejarlo ir por los caminos que el ocio puede ofrecerle. El agua se movía indolente entre la orilla y el barco. Me llegaba un fuerte olor a orines, los criajos de al lado habían empapado la hamaca vecina en el transcurso de la noche. Frente a mí una joven leía un volumen del Nuevo Testamento; en la hamaca próxima una nena se agarraba a la mamiteta mientras manoteaba el otro pecho de la madre, que dormía despanzurrada sobre el chinchorro metiendo el pie dentro del Nuevo Testamento de la vecina. La madre no tenía más de dieciocho o diecinueve años, la nena sólo se tranquilizaba agarrada a la teta o correteando por cubierta; su mamá llamaba indolentemente a Jefersson que, con sus tres años, no es capaz de estarse quieto un minuto y corría arriba y abajo de la escalera y se asomaba peligrosamente por la escotilla de estribor. La madre se volvía a acomodar, me metía el codo derecho por el ojo; la joven del Nuevo Testamento dormía acunada por el sopor de la cubierta. Era una humanidad hacinada, pero no desagradable; constituía la vida del instante, si ayer, anteayer se respetaban las distancias dentro de esta aproximación inevitable, hoy esa misma distancia ya no existía, los espacios individuales habían desaparecido; sin embargo, en la versatilidad de la hamaca era posible encontrar el hueco a diferentes niveles para colocar todas las partes del cuerpo en una posición de inusitada comodidad. Los colores, la disposición de los tirantes y las telas, el contrapeado de los cuerpos, formaban un conjunto armonioso. Aunque Victoria comentara que parecíamos refugiados políticos o prisioneros de guerra en lugar de pasajeros, la imagen respondía más al hábito de la asociación de estereotipos que a otra cosa.
Espectáculo de luces y sombras a la caída de la tarde, barcas, pescadores que traen su mercancía al puerto, barracas reflejadas sobre el agua; los bopos, semejante a los delfines, aunque mucho más pequeños, describiendo pequeños saltos sobre la superficie del río. Unas pocas tomas de las siluetas que atravesaban las últimas luces flotando en el crepúsculo desvaneciente. Y calor, calor húmedo, pegajoso y espeso que dejaba la piel como untada de aceite y perlaba el rostro de gruesas gotas de sudor.
Junto a mi hamaca era la permanente presencia de mi vecina, su pesadez corpórea, su voz áspera y desganada gritando el Jefferson de rigor, sus pechos sobresaliendo indolentes a cada instante por debajo de la blusa para dar de mamar a su nena. Ese alentador escenario que es la calle para mirar a las mujeres perdía su frescura en el trasiego humano del barco; aquí todo parecía más vulgar, la sensualidad parecía haber sido defenestrada por la conjunción de la convivencia y la satisfacción de las necesidades elementalescotidianas. Me preguntaba si no sería la sensualidad cosa sustancialmente del coco, pura imaginación al servicio de un sofisticado instinto creador que busca hacer brotar de la realidad un fuego que duerme escondido en la pura madera del cuerpo. La vulgaridad, la realidad rala, son incompatibles con el disfrute de los bienes que se derivan de la sofisticación de un cerebro desarrollado. ¿O quizás habría que decir de una sensibilidad desarrollada?, o¿estará uno implícito en lo otro, la sensibilidad como parte de un cerebro avanzado? Pero ¿y qué es un cerebro desarrollado? ¿O será que el juego está más bien en un aprendizaje basado en las posibilidades que ofrecen nuestras relaciones con el entorno, y en la forma en que nosotros damos complejidad a las maneras simples y buscamos combinaciones creativas que alimenten alguna conexión neural tendente a generar placeres no elementales?
De todas las mutaciones posibles sólo subsisten aquellas que ponen al individuo en mejores condiciones de supervivencia. De la misma manera, la sofisticación de los caminos de la libido no tendría una historia diferente, lo sofisticado va abriéndose camino en la historia de cada uno, de una sociedad, en función de una concatenación de actos perdurables que se han ido acumulando unos a otros y que en última instancia suponen un bien adquirido producto de una larga elección entre posibilidades múltiples.Cuando identificamos ciertas circunstancias como sensuales, por ejemplo, y otras no, lo único que hacemos es reconocer el modo de apreciar el cerebro la realidad en relación a sus intereses particulares. Las mil y una locuras relacionadas con las sofisticaciones del acto sexual y sus concomitantes, no pueden tener otra explicación que la selección de un importante número de gestos, hábitos, modos de insinuar, moverse, vestirse, tendentes a satisfacer un placer que debe de estar en hombres y mujeres grabados con la intensidad de lo insoslayable.
Aquel día no estaba seguro de que la religión hubiera sido un elemento de alienación, cada uno se defiende de la soledad como puede, “Sonríe, Jesús te ama”, decía la camiseta de un pasajero que pasó junto a mi hamaca(“Sonríe, Jesús te ama”. No te preocupes, no sufras, hay alguien que está junto a ti, alguien te ama, no estás solo, dice implícitamente esta leyenda). Generamos una sensualidad, una mano prensil, un cerebro avanzado, una religión. El individuo, el organismo social no debe explicar nada; de todo el muestrario de variaciones posibles, de mutaciones que la aleatoriedad introduce en el individuo o en el cuerpo social, perviven las que son útiles en un entorno. La utilidad de la religión en determinados estadios de desarrollo individual, social, cultural es obvia esta mañana mirando a este gentío que comulga con las mismas consignas y con un modo de equilibrar sus desventuras y sus querencias.
La derivación de la religión a partir del principio del placer estaría en el ámbito de una de las aspiraciones más genuinas del hombre: consuelo, amor, protección contra las inclemencias, remedio de todos los males, superación de los imponderables y, de remate, broche impecable, el gran invento: la posibilidad de trascender la muerte. No encontró el hombre nunca una herramienta más prolífica y versátil que ésta de la religión para enfrentarse al mundo e intentar superarlo. Las supersticiones tuvieron que ganar en complejidad y riqueza para así poder hacer frente a la multiplicidad de las cuestiones que se planteaban.
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Por la tarde terminé Doña Bárbara, fin a la pasión por el llano y por los grandes ríos, también a los grandes amores y a los designios de la llamada interior.
Rememoramos frente a las últimas luces del día nuestro mejores momentos. Si te fueras a morir dentro de un rato, ¿qué recuerdos crees que convocaría tu memoria para ese instante?, le pregunté a Victoria. Ayer me asaltó ese mismo pensamiento por la mañana. Lala proa. Tomamos nuestro café. Era el ambiente de los buenos momentos, anchos, espaciosos, hechos de la inmensa serenidad que brota de la naturaleza. Mi memoria convocaría en primer lugar a la montaña, a todos los rincones de la naturaleza que dejaron en mí la temprana impronta de las vivencias más nobles, y la poblaría enseguida con la presencia de unos pocos hombres y mujeres; no hace falta nombrar a nadie, ya sabéis vosotros quienes sois. oscuridad se adueñaba lentamente del río, había pequeños remansos de luz sobre su superficie, Venus se reflejaba junto a
Las constelaciones del sur se asomaban por el horizonte, el arco sobre el cielo de la luna y el sol, cambió también de posición; ahora, pasada ya la línea del ecuador, había que buscarlo hacia el norte. Recordamos juntos la aventura solitaria alrededor del mundo de Julio Villar, en ¡Eh, Petrel!, metido en una pequeña embarcación de catorce metros de eslora. Si a mí la montaña fue suficiente como para poder convocar en una última tarde de vida al grueso de los recuerdos, ¿qué sería una experiencia como la de este hombre, la de tantos que hicieron en sólo unos pocos años una cosecha cien veces superior a la mía? Seguía envidiando a los hombres solitarios que se aventuraron con el petate y poco más a lo largo y a lo ancho del mundo con la casi exclusiva intención de encontrarse consigo mismos y con un trozo de naturaleza. El recuerdo de Julio Villar me lo trajo la constelación en la que pacía Aldebarán, una estrella que se ve poco en nuestras latitudes y que él nombraba en algunas ocasiones como referencia de su navegación. Permanecimos hasta muy tarde ensimismados en la contemplación de la noche; en algún momento viene una fragancia que inunda la borda. Era una vaharada penetrante que llenaba de resonancias los sentidos; la orilla desvaneciente, los restos remotos del crepúsculo sobre el río llegaban hasta nosotros dejando constancia del instante grabando en la memoria un momento de excepcional belleza y placidez.
Me levanté pronto para ver amanecer, pero el barco estaba en puerto, el sol se alzaba tras los árboles. La mitad de los pasajeros habíandesaparecido en el transcurso de la noche. La mujer indígenaque leía constantemente el Evangelio junto a mi hamaca, un rostro bellamente ovalado y adusto, se cepilla los dientes en el lavabo común de cubierta y deja la loza, impoluta hasta entonces, llena de una pasta rojiza con aspecto de hemorragia biliosa. Durante todo el día ya no pude ver a mi vecina sin que mi retina se viera iluminada por aquel coágulo sanguinolento.
Por la mañana el boli corría voluptuosamente por la superficie del papel, el río se había estrechado y la temperatura a la sombra era acariciadora. Vemos y miramos como el sediento que se bebe un vaso de agua fresca... como si reconociéramos en ese cuerpo que tenemos delante una parte de nosotros mismos, esa mirada que querría encontrar en la realidad de la mañana rasgos de una existencia vivida en algún momento anterior. Pero también la incógnita de las concomitancias entre mi cuerpo y el del otro, entre mi espíritu y el suyo. Los cuerpos estaban ahí por la mañana como servidos para desayuno de mi curiosidad. Desembarcó la madre de Jefferson y, ahora, su espacio de hamaca había sido ocupado pordos hombres mayores que miraban ausentes al techo; la chica de la hemorragia bucalhabía encontrado dos acompañantes que le daban motivo para una risa tontibonita. Tenía una gran facilidad para tocarse esa gente brasileira; me gustaba verlos tontear, acicalarse, flirtear; sus miradas bovinas contra el crepúsculo de la tarde en la apartada baranda de proa reflejaban deseos difíciles de satisfacer entre la saturación humana de cubierta. El señor mayor de mi derecha, de pelo cano y mirada ausente, fumaba, adusto, serio, impasible ante lo que sucedía a su alrededor.
Cambiamos de barco. Por la tarde mi hamaca se asomaba al río balanceándose desde el proscenio de La Gran Loretana, el barco con el que continuaríamos el trayecto hasta Iquitos. Al otro lado del río se veían las luces de Leticia y Tabatinga. El pequeño poblado de Ramón Castilla, cuatro casas en donde ondea la bandera peruana, se levantaba, con sus techumbres de cañas y hebras vegetales, por encima del talud de la orilla. Las casas, alzadas como palafitos sobre pivotes de madera, formaban un par de filas por el medio de las cuales corría un camino de piedra; calle principal y única a donde se asomaban dos tiendas, la oficina de la aduana, la escuela, la barraca de la policía federal, un par de restaurantes y unas pocas viviendas. Junto a una de ellas habíamos charlado con tres críos que hacían sus deberes desnudos ante una mesa de tablas.
En Tabatinga, nuestro último contacto con Brasil, habíamos tenido el tiempo justo para recoger el correo. El más animoso y simpático de todos, era sin lugar a dudas el de mi suegra Mary, que en un arranque de euforia y actividad había conseguido llenar un puñado de párrafos para nosotros.
Fuera pereza, Sagrario, comenzaba su carta en un alarde de buen ánimo, contesta a esa carta de tus hijos ausentes, tan lejos de todos nosotros y tan cerca de mis pensamientos diarios. Y contaba detalles de su setenta y nueve cumpleaños, asuntos de la vida cotidiana; también había estado con Lucía en el teatro, con vuestra Lucía, decía ella. Daba por último noticias de nuestros hijos, de los que no ahorraba elogios.
Aunque sólo fuéramos viajeros de ocasión, puros señoritos, curiosos de esta tierra llena de agua, no por ello nuestra sensibilidad dejaríade empaparse de ese algo que tiene la facultad de hacer sentir al cuerpo (ese que cantaba Marisa, verso a verso, en uno de los correos —bendito cuerpo, bendito aire, noche, lluvia—), el sabor íntimo de las cosas de este mundo. El río se acaparó del tiempo, lo embrujó con los reflejos del crepúsculo, con el estertor de la sirena, con las virtudes múltiples de la hamaca meciéndose en el espacio último del viaje como quien se ríe de las prisas de este siglo; lo embrujó, lo secuestró y ahora ya no existía el tiempo; veíamos suspendidas las nubes blancas del azul ligero del cielo, mirábamos jugar a los bopos al atardecer, hablábamos sin que por primera vez en muchos años sintiéramos la necesidad de saber qué haríamos en el momento siguiente.
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En momentos como aquellos —¡ah, la hamaca! de noche, las luces como pececillos tiritando en la superficie del río— uno parecía visitado por el don de la ubicuidad. ¿Cómo expresar lo que se siente sin cansar a quien nos pueda estar leyendo? Porque no quiero seguir escribiendo sin volver a hablar de la noche, de la hamaca, de la brisa fresca que dejó la tormenta de la tarde sobre la superficie del río Solomoes. Mi mente limitada no sabía encontrar elementos diversificadores en la calma de la tarde, pero es que estando tan lleno de estas cosas era una lástima no dejar testimonio de ello. Sucedía como cuando uno se encuentra ante un motivo fotográfico de excepción, se pierde la noción de la medida de las cosas y las tomas siguen a las tomas ininterrumpidamente como si la saturación de la misma imagen sobre el fondo oscuro de la cámara fuera la manera que elegimos para confesarnos nuestro gozo estético de manera repetida.
Nuestra azotea de hierro era habitada esta vez por tan sólo tres pasajeros más; un gran toldo nos protegía de la humedad de la noche. La ubicuidad de la tarde venía también hoy de la mano del abultado número de cartas que leímos, una vez hubimos montado nuestro campamento en torno a las hamacas del puente de popa.
Mientras terminábamos de leer la correspondencia bajo el cono de luz que oscilaba por encima de nuestras hamacas, habíamos notado que el barco describía extraños y reiterativos giros en el río; las luces de Leticia y Tabatinga, que lógicamente deberían aparecer por popa, tanto las veíamos por proa como a estribor o a babor según las momentos. En un principio, abstraídos como estábamos con el correo, pensamos que se trataba de otra población, cosa, por otra parte muy improbable, pero que servía a la razón para no abandonar el hilo encantado de la lectura. Era una noche muy oscura en que no había otras referencias que esos restos luminosos; el manto de agua no se llegaba a distinguir de la orilla, los árboles de la ribera eran una masa oscura e indiferenciada que se confundía, engullida por la noche, con el telón de fondo del cielo estrellado. El ruido de los motores se asemejaba al de un automóvil al que le resbalara el embrague. Terminamos por saltar de nuestras hamacas y bajar al puente de proa para averiguar lo que sucedía. A estribor, sobre una plataforma que caía directamente sobre el río, un marinero lanzaba la sonda y gritaba la profundidad al maquinista: tres, cuatro metros. En aquel instante la popa coleaba peligrosamente a menos de cinco o seis metros de la orilla. Durante más de una hora el barco subió y bajó con extrema lentitud la corriente del río buscando aguas profundas, parecía como si aquello no tuviera salida, en todas las direcciones la sonda no superaba esos tres o cuatro metros que continuamente gritaba el marinero. La totalidad del pasaje, asomado a las barandillas, no perdía detalle de la situación. Cuando en algún momento el marinero gritó: ¡seis metros!, hubo un respiro, el barco giró ligeramente a babor, descendió siguiendo la corriente del río y luego enderezó hacia la otra orilla por un río cada vez más navegable.
Sólo cinco hamacas en el puente de popa. El sonsonete de los motores acunaba el principio de nuestro sueño; la luna, débil, salía ya tras una cortina de nubes, hacía surgir algunas sombras en el mate plano de la noche en donde sólo el vibrar de los motores y la oscuridad existían. Ya no era el sopor ni el calor húmedo de anteayer, un fresco apacible corría por cubierta.
Desde que empezó a clarear todo tuvo la forma de un sueño, llovía fuerte, oía ruido de motores y la sombra de otro barco junto al nuestro tenía aspecto onírico. No estoy seguro de si existió en la realidad, lo percibía como un sueño. Despertar lejano con un fuerte dolor reumático en el hombro y brazo derecho. Sonaba repetidamente la sirena, la orilla había desaparecido tras un telón de niebla y agua. Las percepciones se movían al ritmo del balanceo de la hamaca, un tic tac qu